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SalidaSalida de mi casa exactamente a las 13:22. A ver si hay suerte y puedo coger un autobús que me lleve a la estación de Renfe de Salou… Mi gozo en un pozo. A las 13:48 decido que mejor me voy andando, hora de comida de los conductores. Llego a la estación y compro mi billete para Sants. Cómo no, el tren se retrasa. Todo lo planificado al detalle se va un poco al garete. Decido llegar hasta Estació de França e ir andando hasta la Estació del Nord para coger un autobús. Curiosamente, debido fundamentalmente a mi paso veloz, llego justo a tiempo al autobús. Salida inmediata. Una hora de viaje y llegada al aeropuerto de Girona. Facturaje de la maleta y dos horas para no hacer casi nada. AviónMe siento en uno de los asientos y desde megafonía se oye que me presente en la taquilla de facturación… No sé si alegrarme o acongojarme. Resulta que ha habido un error, que la tarjeta de embarque es la de otra persona y esa persona tiene la mía. Se soluciona el problema y proseguimos la estrategia de no hacer nada hasta las 19:00, cuando llaman para embarcar. Embarque y subida al avión.

Desde la entrada en el avión y viendo a la gente que tengo a mi alrededor ya da la sensación de que mi destino ha de ser algo espectacular. Los españoles del avión visten de forma más o menos sencilla: vaqueros, jersey, chaqueta y calzado cómodo. Los hombres de negocios nunca sorprenden con sus vestimentas y son fácilmente reconocibles. En cambio, los dignos de ver son algunos de los personajes italianos. Y creo que desean ser eso: personajes. Da la sensación de estar en una película italiana de los 70, o en alguna de Rodolfo Valentino. Es cierto que a mí me sorprende esa manera de vestir, pero estos señores no presumen de sus caros trajes; más bien los llevan con absoluta normalidad, como si fuera el traje de faena. Si se ponen eso para viajar, no quiero saber cómo serán sus trajes de “domingo”.

Viaje sin complicaciones. El avión gira sobre Milano para encarrilar la pista de Bérgamo. Es una vista simplemente de película, un espectáculo hermoso por la noche, con todas las luces encendidas de la gran ciudad. Recomendado. Tristemente no puedo hacer ninguna foto.

Llegada del avión al aeropuerto de Bérgamo. Bajamos del avión y subimos a uno de esos autobuses que recorren el trayecto avión-puerta de salida de las pistas… unos 25 metros exactamente. No pensé que en un avión cupiesen tantas personas y, claro, toda esa gente entra en un autobús que no es ni la mitad de grande en el avión… Yo personalmente viajé estampado contra un cristal.

Recogida de equipajes caótica. Mucha gente para una cinta tan corta. Veo empujones, entre los que participo y, afortunadamente, las dos personas que estaban entre la cinta transportadora y yo recogen de los primeros las maletas. Yo soy de los segundos. Recojo mi equipaje y busco la salida. No tenía a nadie delante de mí -ni detrás- así que tenía que guiarme exclusivamente de mis instintos, dejando a un lado el “donde va Vicente“, y de mi pobre vocabulario italiano. Hay dos salidas, lo pone bien claro: Uscita noséqué y Uscita nosécuántos: una por si hay que declarar algo y otra por si no. Como no sé qué tendría que declarar salgo solo por la puerta grande. Recordemos que voy solo, que no hay nadie a mi alrededor. Se abren las puertas y me siento futbolista por un día. Todos los amigos y familiares de los recién llegados esperando allí, todos juntitos, como si tuvieran frío y como si no hubiera espacio suficiente. Hasta me pareció ver un flash…

AutobúsAutobús justo a la salida de la puerta de llegadas, lo pone muy claro: Milano.Viaje de aproximadamente una hora, que me sirven para acostumbrarme al hecho de estar en otro país, pero difícil debido a que carreteras, coches, fábricas y centros comerciales de alrededor de la autopista tienen una gran similitud con los de España -incluso se ve un Carrefour a lo lejos… Parece que me estén gastando una broma: estoy en España pero me han cambiado los textos de todas las indicaciones de la carretera. Ahora hay autostrade, uscite

ColaLlegada a Stazione Centrale di Milano. Mejor coger un taxi para llegar al hotel. Larga cola esperando el turno, aunque los taxis no paran de cargar gente y gente. “Hotel Sanpi” y en marcha. Sólo por entrar en el taxi, poner las maletas en el maletero -que hace el taxista- y ver en el reloj las 22:30 ya cobran 7€. Susto que se soluciona con la lentitud con la que el taxímetro va añadiendo números. Al llegar al hotel, mientras el taxista abre el maletero, un botones -de esos que van de rojo- coge las maletas. En Italia todo el mundo es muy educado y nunca está de más decir “grazie“, aunque sea 4 veces seguidas y acabes con un “grazie mille“. Muy educados, la verdad. Después del registro, el botones porta las maletas hasta la habitación -cento trentotto.

BibliaLa habitación no está mal, aunque tiene un cargado color azul. Lo que más me sorprende es encontrar una biblia sobre la mesa, al lado de los cartelitos del “non disturbare“. Pregunto si eso es normal (para no pensar que me la han puesto para encauzar mi camino de perdición). Sí, parece ser que es habitual; raro para mí pero habitual.

Esa primera noche toca cenar en la habitación del hotel porque es ya algo tarde (en Milano, a las 23:00 es tardísimo). Resulta que a alguien se le ocurrió que la gente tenía que cenar entre las 8 y las 9 de la tarde -noche- y, más allá de esas horas o no te dan de comer o. simplemente, la cocina está cerrada. No obstante, debido a esa exagerada educación de los italianos, no ponen muchas pegas si llegas un poco más tarde. Menos mal que el pan y el jamón tienen una muy buena utilidad. Limpieza de dientes y cama, previo encendido de la televisión para ver las noticias sobre la caída del gobierno italiano.

Viernes por la mañana. Dolor de espalda y de cuello. Vale que la habitación está bastante bien pero, para quienes tenemos un cuerpo frágil y suave, las camas duras y frías no sientan demasiado bien. Aseo personal y desayuno en el hotel: cappuccino. En Italia este café se toma sólo y exclusivamente en el desayuno. No me atrevería a pedirlo después de comer, por si me prohiben la entrada al país. Por la tarde podemos beber el expresso, y podemos elegirlo con dos combinaciones básicas: con latte freddo y con latte caldo. Hay más tipos de café, por supuesto, ¡que estamos en Italia!, pero esos dos son los más habituales.

Y ya con los ojos abiertos -bendita cafeína- toca hacer turismo. “Dove siamo?” es una buena pregunta para comenzar. Una distancia de unos 20 minutos caminando es una distancia muy grande a ojos de un italiano. Es mejor coger el metro. Es un metro muy parecido al de Barcelona, sólo que… no se puede hacer fotos (o al menos con flash), y carece de la majestuosidad del tube londinense. No obstante, la frecuencia de paso no supera los dos minutos (o es que hubo suerte). Viaje -de sólo 3 paradas- a la Piazza del DuomoDuomo, en una de las tres líneas de metro que existen en Milano -no recuerdo cuál era. Subiendo las escaleras del metro van apareciendo poco a poco los pináculos del Duomo, la catedral milanesa, hasta verle los pañales. En este sentido nunca he tenido suerte: todas las catedrales y castillos que deseaba visitar con verdaderas ganas siempre han estado en obras. El Duomo no iba a ser menos. Afortunadamente, las obras de la catedral de Milano sólo abarcaban una parte de la fachada principal y se puede contemplar todo lo demás.

Pero primero toca sentarse en uno de los escalones delante de la catedral, frente a toda la plaza, fumarse un cigarro y observar a la gente.

Piazza del DuomoMilano en sí misma es una pasarela de moda, y mucho más en el centro. Prácticamente todo el mundo viste de marca y no hay gente “alternativa”. Incluso los jóvenes adolescentes visten como dicen los cánones milaneses. No hay ni heavys ni punkos ni góticos… No hay lugar para vestir de otra manera. Lo más parecido que vi a lo que podríamos considerar como “normal” es una chica con un chandal rosa horterísimo, pero seguro que era una turista, así que no cuenta. También tiene su gracia ver a los poliziotti tan bien encajados en sus trajes de Armani. Hay efluvios de estilo por todas partes; se respira un aire a moda exagerado. Menos mal que hay un par de negros intentando vender pulseritas. Sus tácticas de venta son realmente agresivas: intentan que la pulsera se quede en la mano o en el brazo de la “víctima”, quien en la mayor parte de los casos hace como si no hubiera tenido contacto con el minúsculo hilo y, curiosidades del azar, la pulsera cae al suelo. El vendedor pone entonces cara de asco.

Tiro la colilla al suelo y veo algunas más, señales de que alguien antes ya ha tenido la idea de estar sentado allí contemplando la plaza. Pero la gente que pasa por allí no fuma. ¡Nadie fuma en Milán! Afortunadamente, más avanzada la tarde sí veré a gente fumando, no mucha. Hay más palomas que fumadores.

MilanoVisita al Duomo. La polizia está en las puertas de la catedral. Hay que abrir las bolsas y los bolsos. Una catedral oscura, como todas las catedrales, y grande -aunque la de Sevilla la supere-. Un montón de cristaleras, agua sagrada, velas blancas a 50 céntimos, tesoro con entrada vetada… Pero eso no es lo mejor del Duomo. DuomoMerece la pena pagar 7 € para ir a la azotea. En la entrada hay una pareja de españoles discutiendo si el precio de la entrada es de 7 o de 70 euros. No les digo nada; es divertida la situación. En la entrada, antes de coger el ascensor -también se puede subir andando- un poliziotto me dice que pase por el arco detector y que le enseñe el interior de la bolsa. Subida en ascensor. Caminos tortuosos, vista desde una posición elevada. Desde este lugar puede verse gran parte de la città di Milano, cúpulas, edificios altos y las montañas -nevadas- a lo lejos. Es un espectáculo realmente impresionante y al dedo le cuesta salir del botón del disparador. En otro contexto me pasaría gran parte del día allí, para amortizar el pago de la entrada. También merece la pena observar a la gente que se encuentra allá arriba, como dioses.

Cotoletta alla MilaneseDescenso a las alturas mundanas. y búsqueda de un ristorante para comer. Lo comentado más arriba sobre las horas de las cenas sirve también para las comidas: si se pretende comer más allá de las 2 de la tarde es mejor buscar una hamburguesería. Afortunadamente a las 2 aún sirven. Comida en una especie de Pub inglés (¿aquí dan de comer?). Cotoletta alla Milanese, con sus patatine fritte y una hoja de lechuga. Delicioso. Y si hay hambre… más delicioso todavía.

LeonardoY con el estómago lleno y un expresso -con il latte fredo- al Teatro dalla Scala. Por el camino, en la piazza del Duomo hay muchos adolescentes con pancartas -vestidos a la milanesa. Como dudo de la existencia de una manifestación observo que en un edificio cercano los están filmando. Resulta que la MTV italiana graba sus programas desde allí y, a veces, hacen subir a los ragazzi que tengan mejor pancarta… (están locos estos romanos). La Scala de Milán parece un ayuntamiento o un templo griego clásico. Se trata de un teatro algo elitista y desde fuera ya se ve un poco, ¿por qué no decirlo?, pijo. Pero es bonito, eso sí, y sobretodo porque desde fuera lo vigila una escultura de Leonardo.

Via DanteVia Dante y pa’lante (perdón). Hay una muestra de fotografías a lado y lado de la calle peatonal, plagada de gente. Aparece una ragazza con micrófono en mano y un cámara con su arma terciada detrás. Parece un atraco a mano armada. Preguntan no sé qué de la justicia. En un perfecto italiano le respondo “Non parlo italiano, sono espagnolo” y me dejan en paz. Mis cinco minutos de gloria en la televisión italiana y los desaprovecho…

Parco SempioneAl final de la calle se encuentra el Castello Sforzesco y el Parco Sempione. Me salen unas fotos muy buenas. La verdad es que no sé qué decir sobre el castillo. Si alguien quiere información de la fortaleza que use el todopoderoso Google. El parque es muy bonito. Atravesando un pequeño puentecito sobre un riachuelo me sorprende que haya muchos candados cerrados y agarrados a los hierros del puente con nombres escritos en ellos. Pregunto. Las parejas que se quieren ponen sus nombres en un candado, los enganchan al puente, los cierran y tiran la llave al agua. Así, mientras el candado permanezca cerrado, su amor será para siempre. Algo cursi pero bonita. Tristemente no hago fotos ni del puente ni de los candados.

Chiesa di Santa Maria delle GrazieDescanso en un banco. El Sol en Italia se pone sobre una hora antes que en España, así que búsqueda de la Chiesa di Santa Maria delle Grazie -que alberga, previo pago y reserva, La Última Cena de Leonardo- y pequeña visita. Ya es oscuro fuera, así que metro y regreso, de nuevo, al hotel.

En Milano sólo hay 3 líneas de metro así que, aunque sea a “boleo”, no hay muchas posibilidades de perderse (el 66%). Pregunta en el hotel sobre dónde ir a cenar. Cena en, ya las echaba de menos, una pizzeria. La pizza estaba riquísima (prosciutto), pero algo complicada de comer debido a que era alargada y no redonda y tenía una pared a la derecha, pegada a la mesa, y una parejita a la izquierda, también pegada a la mesa. Es una cosa que, por lo que vi, parece bastante general en Italia: todas las mesas están muy cerca las unas con las otras. Si bien en invierno puede tener su utilidad, a mí, personalmente, me incomoda (como la moda). Supongo que es por este motivo que la gente habla muy flojo, tanto entre ellos como para pedir al camarero “Il conto, per favore!“. Es una tradición mucho más agradable que la táctica tan castiza de pedirlo todo a gritos.

Stazione CentraleRegreso a la cama dura y fría y a esperar a que el Sol vuelva a tomar las riendas. Mañana, ducha y desayuno en el hotel. Cappuccino y un botecito de nutella en el bolsillo. Stazione CentraleSalida del hotel, llamada a un taxi y Stazione Centrale. Hay que coger uno de los maravillosos trenes italianos. La estación es grande, muy grande, y parece, además de estación ferroviaria, un museo. Es de estilo fascista… Me sorprende que exista un género arquitectónico así, pero pensando un poco llego a la conclusión de que el fascismo español también hizo pantanos y casas de protección oficial, aunque con menos arte que en la Italia de Mussolini.

El tren llega a Brescia. Cambio de transporte y viaje a la Città de Salò, un pueblo al lado del Lago di Garda. Dos días allí, disfrutando -y mucho- de todo. No explicaré aquí la visita a este pueblo. Es un asunto privado.

Felicittà.