Interrail por Italia – Vicenza
Llego sobre las 17 horas a la estación de Vicenza. No es una estación demasiado grande.
Escogí esta ciudad por dos motivos diferentes: uno, porque había un albergue en el que podía reservar con 24 días de antelación un letto; y, dos, porque la ciudad es Patrimonio de la Humanidad, según la UNESCO. No parecía un mal lugar para ser el centro logistico de las siguientes dos noches.
Busqué, antes de salir de casa, la ubicación del albergue en el Google Maps, y tenía muy claro hacia dónde tenía que dirigirme. Primero hacia la derecha, hasta ver el río. Justo al salir de la estación veo una librería en la que entro y me compro una guía sobre el centro y norte de Italia. No está mal. Y sigo mi camino. No sé exactamente cuánto tiempo me paso andando… En los mapas siempre parece que todo está mucho más cerca. Hasta que veo el río, el fiume Bacchiglione que, más bien, parece un riachuelo. Ahora, a la izquierda. Bien, me da la impresión que ya estoy cerca, cerca, cerca. Mi sorpresa es que justo en el punto que marca el mapa… no hay nada…
Vaya… En el otro lado hay unos campos de tenis. Me parecen demasiado lujosos como para meter un albergue de la juventud allí dentro, pero pienso que por lo menos puedo ir y preguntar. Eso me aterra. Por la mañana había tenido un guía, así que no me había visto solo en un país que no era el mío y en donde se habla un idioma que tampoco es el mío. Ahora tengo que apañármelas yo solo. Empieza el verdadero viaje.
Aún así, me dirijo hacia allí. El sol está pegando muy y muy fuerte, yo ya estoy en un punto de deshidratación. Pero finalmente consigo llegar a esos campos de tenis. Hay un señor por allí y, cosas de la vida, en lugar de preguntarle por el albergue de la juventud, le pregunto por el árbol de la juventud… Son cosas de los nervios del directo. En italiano, albergue es albergo; y árbol es albero. El pobre hombre primero sonríe, y unos segundo más tarde comienza a comprender. No tiene ni idea del albergue pero, eso sí, le pregunta a otro signore que estaba por allí. Parece ser que entre los dos más o menos se ponen de acuerdo en decirme que el albergue está… justo en el sitio por el que acababa de pasar y en donde NO había nada…
Así que, aunque muy amables, ese no ha sido un buen lugar para preguntar. Vuelvo a rehacer el camino y tenga la extraña sensación de que todavía está más lejos que en el trayecto de ida. Más o menos en la X del mapa, entro en una agencia de viajes a preguntar. Como se nota que no soy italiano, la chica que allí está, extraordinariamente servicial y simpática, me habla primero en inglés. Le digo que soy español y la pobre empieza a intentar hablarme en castellano… Me veo en la obligación de decirle que me hable, por favor, en italiano, que la entiendo mejor…
¡Pero por fin ya sé dónde está el maldito albergue! Es un edificio giallo que está situado un poco más adelante… Pasé a escasos 25 metros de allí en mi primera vuelta. Entro en el albergo.
Llevaba días intentando recordar unas palabras “Ho una prenotazione, ho una prenotazione, ho una prenotazione…“. Pero, claro… A la hora de la verdad, cuando dices algo así, te preguntan algo en italiano y empiezan los problemas. Tampoco te puedes pasar todo el día diciendo exactamente lo mismo. No obstante, el chico que está detrás del mostrador, Estefano, se muestra muy atento e intenta que haya comunicación. No obstante, me toma en primer momento por inglés y comienza a hablarme en este idioma. Llego a pensar si tengo pinta de inglés. La verdad es que me enfado un poco porque prefiero hacer la inmersión linguística cuanto antes mejor y que me hablen en italiano, que así puedo ir aprendiendo más y más italiano. Le digo que soy español e intenta hablarme en castellano. ¡Tanto cuesta hablarme en italiano, aunque no lo entienda!
No hay demasiados problemas lingüísticos (salvo que se equivocó y me iba a cobrar 2 noches para 2 personas = el doble) y el chico me parece muy simpático. Esa misma noche iba a comprobarlo. Me toca una habitación de 4 camas sólo para mí. Tiro la mochila donde puedo -en el suelo, claro- y me voy a darme una ducha. La necesitaba.
Una vez limpio, fresco y con buen olor, quiero salir a dar una vuelta por Vicenza. Le pido a Estefano un mapa de la città y a la aventura, me digo. Vicenza parece un pueblo, aunque tiene unos 114.000 habitantes -como mi ciudad. No sé si todos los ciudadanos están de vacaciones pero me parece que hay muy poca gente. Caminando y caminando me dirijo al centro de la ciudad, la Piazza dei Signori. Realmente es el centro de la ciudad. Allí, y a su alrededor, están todos los restaurantes, todas las gelaterias, todas las tiendas, el McDonals… Sobre todo en la calle de al lado, Corso Andrea Palladio. La historia de mi vida vuelve a repetirse: la Basilica Palladiana está en obras. No puede ser de otra manera, claro. Lo más característico de la plaza es la Torre di Piazza, una alta torre del siglo XII que contempla toda la ciudad. Ya sabéis de la manía de los medievales italianos de estar más cerca de dios…
Doy unas cuantas vueltas por las calles cercanas. Observo a los italianos. Me gusta observarlos. Casi todos visten igual y se mueven de las mismas maneras. Todos llevan las solapas de las camisas hacia arriba y tapan sus ojos con gafas de cristales enormes. Debe ser producto de la televisión. Me siento en unas escaleras cerca de la piazza y disfruto de las vistas. Sonrío. Mi viaje sigue su curso. Me siento muy afortunado de estar en donde estoy y me imagino mi ubicación exacta en el mapa. Resulta curioso pensar en que estoy en ese punto que veía desde el ordenador de mi casa. Pienso en mis cosas, en lo que he dejado atrás y en lo que puede venirme por delante. Me convenzo de que no puedo estar parado. Necesito aprovechar completamente el viaje. Necesito tomarme el viaje como si al día siguiente no fuera a salir el sol. Vuelvo a sonreír.
Después de unas cuantas vueltas más y de un par de granita di limone -la obsesión durante todo el viaje- regreso al albergo, a hacer la crónica del viaje. Mientras dejo un poco más atado lo que iba a hacer al día siguiente -ir a Venezia-, mientras bebo aqua frizante y mientras escribo la crónica, me pongo a hablar con Estefano. Hablando, hablando me voy metiendo dentro de la piel de un italiano. Realmente no es un idioma demasiado difícil para un espagnolo y, de todas formas, siempre nos queda el inglés y las cuatro palabras en castellano que conoce mi anfitrión. Un poco más tarde se sienta en la mesa una italiana. En esos momentos no lo sé, pero ella iba a configurar parte de mi futura estancia en Italia.
Después de la charla con Estefano y después de recordar que en un viaje puede conocerse a mucha gente, pienso en que puedo conocer a esa ragazza. Ella me parece demasiado hippie para ser italiana. Así, me puse a hablar con ella, imaginaros cómo me había convencido a mí mismo de mis superpoderes con los idiomas. Y, bueno, eso de estar en otro país siempre ayuda a ser un poco más abierto. Nos pasamos horas y horas hablando. Se apunta también Estefano, que nos invita a aqua de todos los tipos y colores, a darnos una charla -un monólogo extenso diría yo- sobre la libertad. Realmente parece un perfecto cátaro… Es una situación que roza en algunos momentos el surrealismo, la verdad, pero como me gusta el surrealismo… O, por lo menos, me gusta hasta que deja de gustarme y, entonces, siempre está la táctica de salir a fumar una cigarretta.
Y a dormir, algo tarde ya.
A la mañana siguiente coincido en el desayuno con Elisa, la simpática ragazza italiana con la que estuve hablando la noche anterior. En el desayuno no falta la Nutella, por supuesto. Nos ponemos más o menos guapos y nos acompañamos un trozo a nuestros respectivos destinos. Yo me dirijo a la stazione a coger un tren. Elisa me dice que si voy el domingo a Firenze, ella me hace de guía. Decido pensármelo porque el domingo había decidio, en un primer momento, ir a Bologna. Llegando a la estación de tren, quiero comprobar si es verdad que los conductores italianos no acostumbran a parar en los pasos de zebra. Bueno, el cuarto coche sí para y me cede el paso. No sé si eso es lo normal o si es simplemente la excepción.
Dirección: Venezia. Pero esa es ya otra historia. De todas formas, no me despido de Vicenza. Por la tarde, regresaría a ella a hacer mi segunda noche.
Vicenza II
Regreso de Venezia sobre las 6 de la tarde. Tengo hambre. Ya sabemos que los italianos comen entre 1 y 2 de la tarde, así que tengo dos opciones: o comer algo en donde sea o esperarme a la hora de la cena. Decido comer algo. He de pedir disculpas, voy al McDonals… Lo siento, pero el estómago me está pidiendo a gritos algo para deshacer entre sus jugos gástricos. Allí sentado, mientras me como mi hamburguesa con patatas, entran unos Emo’s. En Italia producen la misma sensación de vergüenza que en España. Todo el mundo les mira y, por qué no decirlo, sonríen.
Después de la comida/merienda regreso al albergue. Estefano está de fiesta y la chica que lo sustituye no es tan abierta como él. Me doy una ducha y bajo a escribir mis crónicas y a coger información. Decido que al día siguiente iré a Firenze. Se me hace algo tarde y salgo a tomar un par de cervezas. La verdad es que tengo ganas de tomarme una birra en Italia, sólo con intenciones científicas, por supuesto. Después de la primera, viene la segunda, claro… Y regreso al albergue. Me fumo un cigarro fuera y hay unos chavalines fuera, de botellón -hay cosas que son internacionales.
Lo primero que me preguntan los chavales es si soy alemán… ¿Alemán yo? No creo que sea por lo rubio que no soy ni por los ojos azules que no tengo. Les digo que soy Spagnolo, de Barcelona (qué manía eso de tener que decir que uno es de Barcelona para que sepan de dónde soy) y, seguidamente, me dicen que hay buen hachís en España…
(Sin comentarios)
Decido irme a dormir y, hasta mañana. Hay que coger otro tren y dirigirme a Firenze, vía Bologna. Buenas noches.
