El viaje a Venezia se hace en un tren regional, así que no necesito ni efectuar una reserva ni pagar un suplemento por coger un tren Intercity/Eurocity. Espero relativamente poco y, dentro del tren, me meto en un vagón de segunda. Un vagón desastroso, da pena, y sin aire acondicionado. Afortunadamente, el interventor nos dice a todos que pasemos a la Prima, que allí sí hay aire acondicionado y, total, va vacío.

Exactamente a las 9:59 salimos de la Stazione di Vicenza. Cuando viajo en tren, siempre me ha gustado ir al lado de la ventanilla. Los paisajes que veo a través del cristal me permiten hacerme una idea de cómo se vive allí y, sobre todo, me permiten soñar. Todo el paisaje es verde. Todo es campo. Lo que pienso es que debe ser verdad eso de que el norte de Italia es rico. Me recuerda un poco al norte de España. Me imagino unos días después, cuando empiece a explicar los pormenores de mi viaje -las batallitas- y en lo orgulloso que voy a estar de mi viaje. Pienso en que ninguno de mis amigos haría lo que yo estoy haciendo. Mi orgullo va subiendo, mi valentía aumenta, y me veo con el suficiente coraje como para seguir disfrutando de esta aventura.

La llegada a Venezia es impresionante. Sólo hay una carretera/puente que une la ciudad de los canales con la península, el Ponte Della Libertà, así que hay agua por todas partes. Aguas, lanchas, barcos, barquitos… Los barcos en Venezia son como las bicicletas en Vicenza. Todo el mar está lleno de ellos. Me olvido de mis pensamientos orgullosos y ya antes de llegar a Venezia mis ojos se concentran en lo que estoy contemplando.

La Stazione di Santa Lucia impresiona por lo grande que es y está llenísima de gente. Llegamos 50 minutos después de haber salido de Vicenza. No logro descifrar dónde está la salida, así que uso la táctica del “donde va la gente“. Me llevan a la salida de la estación y me llevo la primera impresión de la ciudad.

No me quedé con la boca abierta porque había gente a mi alrededor y pude conseguir que no se me cayeran las babas, pero sí tuve que detenerme y disfrutar de lo que aparecía frente a mí. Si tuviera que encontrar un solo adjetivo para describir aquello probablemente escogería “magnitud“. Todo aquello me resultaba increíble. Veía un canal justo delante, sobre el que navegaban varios vaporetto. Al fondo, edificios bajos, con sus embarcaderos de madera. Un puente a mi izquierda, agua y agua a mi derecha.

Todos estamos acostumbrados a ver una foto de un pequeño puente veneciano, en una pequeña calle -seguramente con algún señor calvo y feo en ella-, así que nos imaginamos que toda Venezia será igual. Pues no. Justo a la salida de la estación esto no es así. Es una imagen enorme, imposible de captar por las cámaras de fotos. Hay mucha gente en la Piazza Della Stazione y la mayor parte de ella va directamente a hacer cola -cómo no- a un vaporetto.

Los que no quieren hacer cola, se dirigen a la izquierda. Voy con ellos. Aparece un puente enorme que atraviesa el canal, es el Ponte Degli Scalzi, sobre el Canal Grande. Es majestuoso, la verdad, como todo lo demás. Hay gente sobre el puente fotografiando a la gente que pasa en barco bajo sus pies, y hay gente sobre los barcos fotografiando a los que están en el puente, sobre sus cabezas. Todo se queda en casa.

Mi obsesión es la de encontrar la Piazza San Marco. Es el objetivo fundamental de mi viaje a Venezia. Decido no sacar ningún mapa y confiar en mi intuición. Craso error. Siguiendo mi camino de izquierdas, veo que en la calle hay numerosísimas tiendas de souvenirs y comida rápida. Debe ser por ahí. Sigo la calle. Más tarde me daría cuenta de que tenía que haber cruzado el Ponte majestuoso anterior, pero eso ya vendrá. Sigo la calle y veo gente, gente, gente, iglesias, más gente. Continúo en esa misma calle, que no tiene fin. Al principio voy muy ilusionado: voy a ver lo que en tantas ocasiones he visto en los libros de historia del arte. Pero, un par de horas después, mi ilusión va diluyéndose. Llevo ya unos cuantos quilómetros andados y de iglesias y de agua toda la que quieras, pero de Piazzas San Marcos… nada de nada.

Es entonces cuando me siento en unas escaleras, bebo agua -el calor era asfixiante, como durante toda la semana- y saco el mapa. Tendría que haberlo sacado antes de haber empezado a andar pero claro, la aventura es la aventura. Además, como me fío tanto de mis intuiciones… Mis divagaciones parecen certeras “¿era para este lado o para el otro? ¿Tendría que haber cruzado el puente?”… Decido deshacer todo lo andando y regresar a la Piazza della Stazione.

Por el camino decido entrar en un Internet Point. Conecto el messenger, veo los anuncios de Viagra de mi correo, intento escribir una corta crónica del día anterior y salgo corriendo de allí, huyendo. Me viene el bajón. Sólo llevo unos pocos días de viaje y, hasta ese momento, no he pensado en mi “otra” vida, en la vida de todos los días. Todo seguirá igual, o peor. Por mucho que camine, por mucho que haga mis 500 fotografías, por mucho que conozca o no conozca a gente, tarde o temprano regresaré a casa, a mi vida aún más horrible de siempre debido a unas circunstancias dolorosas demasiado cercanas. No tiene sentido hacer lo que estoy haciendo si luego no puedo explicárselo a nadie, si luego no me va a servir para nada. El viaje inicial fue proyectado como excusa hacia algo que deseaba hacer. ¿Qué sentido tiene ahora esa excusa, si no puedo realizar lo que realmente quiero?

Pensamientos como estos hacen que estos momentos sean los más duros de mi viaje. Llego incluso a pensar en cancelar el viaje y regresar a casa. Pero me armo de valor -de cojones, vamos. Regresar ahora a casa es lo que verdaderamente no tiene sentido ninguno. Más tarde no me arrepentiré de haber decidido seguir caminando, aunque cuesta un poco tomar esa decisión. Pero ya que estoy aquí…

A estas horas ya parece que me haya metido dentro de la fiesta de la espuma, pero sin espuma, sólo con agua. A los trentaytantos grados no es para tirar cohetes y el sudor me llega hasta las uñas. El Sol está haciendo su maldito trabajo. Llego a la stazione -de nuevo- y, después de mirar el mapa -de nuevo- tengo una revelación divina: ¡Cruza el puente, jodido! Seguidamente, creo tener el mapa en la cabeza, a la derecha.

A partir de aquí, ya no puedo decir por dónde paso. Yo sólo subo y bajo puentes, recorro los escasos 15 metros de la calle -no tienen muchos más- y entro en otra. Turistas por todas partes, alguna gondola con enamorados -sobre todo españoles- navegando por los canales de aguas oscuras. Lo único que tengo claro, después de caminar tanto, es que lo más probable es que continúe en Venezia. ¡Qué hartón de caminar! En ocasiones tengo la impresión de haber recorrido toda Venezia por lo menos 3 veces. Y es que Venezia es un laberinto, sobre todo para la gente, como yo, que confía demasiado en sus intuiciones.

Hasta me hizo ilusión encontrarme con la estación de autobuses: un poco de suelo firme de más de 5 metros cuadrados… Es la Piazzale Roma. Pero no me preguntéis cómo llegar… Perderos por Venezia y llegaréis a ella. No tiene pérdida si estáis perdidos.

Así que ya me doy cuenta de que no voy por el buen camino. Toca desandar de nuevo. Intento usar aquella técnica clásica del “pa’llá“, señalando con el dedo. ¡Craso error! Ya me advirtieron el día anterior que debía tener mucho cuidado con lo que hacía porque me lo iban a cobrar -como los 60 céntimos del lavabo de la estación de Brescia. Veo una mesa con folletos y demás, y un chico con más folletos en la mano con pinta de heroinómano. Pienso que si disimulo un poco mi condición de no-italiano no me dirá nada. Fallo en mi predicción. El joven me asalta. Lo que me dice, en italiano, es que me anime a echar una firmita “en contra de la droga“. Claro… dicho así… “en contra de la droga“… Me pongo a reír y le intento explicar que no voy a firmar en contra de la droga. Luego el hombre ya comienza a explicarme que es para ayudar a los que están enganchados. Entonces vale. Le pregunto cuánto me va a costar la firma.

Consejo: ¡Nunca! ¡Nunca! en Italia digáis que sois españoles. Todos los italianos adoran a los españoles y a su Zapatero… Y también adoran sacarles el dinero.

Como no consigo zafarme, la firma me cuesta 10€ -¡y eso que escribo yo y no él!. Durante el proceso protocolario de la firma, leo las firmas de los demás. Corroboro lo escrito antes: el 75% de las firmas eran de pobres e incautos españoles, y todos decían ser de Barcelona. Los italianos sólo conocen Barcelona. Preguntadle a alguno cuál es su ciudad preferida, ya veréis. Yo también escribo Barcelona, para que no se diga.

Y prosigo con mi Odisea (en mayúsculas). ¿Dónde narices estará la maldita Piazza? Saqué de nuevo el mapa y me di cuenta de que tenía que cruzar el Canal Grande dos veces… ¿Por qué no lo habría visto antes?

También fue entonces cuando me fijé que prácticamente todas las calles tenían indicaciones. Y el nombre del segundo puente que debía cruzar es el de Ponte di Rialto. No tengo perdón por no haberme fijado antes. En Venezia todos los caminos no conducen a la plaza, así que estuvo bien seguir, esta vez, las indicaciones. Un trayecto largo, muy largo. Al llegar al Ponte di Rialto vi que había mucha gente. Alrededor del puente hay numerosos ristoranti y osterie, abarrotados de gente. Además, la hora acompañaba para comer, la verdad. Pero yo aún no podía tener hambre. No hasta llegar a mi objetivo.

Una vez cruzado el puente -con autofoto incluida- no me costó mucho seguir las indicaciones en las fachadas de aquellos caminos estrechos y sinuosos que me llevaban a donde quería haber llegado hace horas. Deshidratado, cansado y agotado hasta más no poder, llegué a la Piazza San Marco. Lo que conseguimos con esfuerzo lo solemos disfrutar doblemente. Y disfruté de la plaza. A mano izquierda, el Campanile y la Basílica di San Marco. Entrando en la plaza, me rodea la Procuratie Nuove, la Procuratie Vecchie y la Fabbrica Nuova. Las fachadas de estos edificios incluyen una arcada enorme, pero no es lo más característico de estos edificios. Lo que más impacta es su mierda negra. Y, viendo la cantidad innumerable de palomas que hay por ahí, ya me imagino de dónde tiene que salir. Sé que mis deseos son los de acercarme a la Basílica, pero me aguanto un poco para saborear mejor la plaza y mi acercamiento a la Chiesa.

No sé qué manía tenían los italianos en hacer torres altas, si no caben en el encuadre de las fotos… He hecho lo que he podido y me acerco a la Basílica.

Contemplo en primer lugar la fachada con sus nichos decorados con mosaicos de oro. Fascinante. Pienso en entrar pero entonces me doy cuenta de la cola que hay, para variar. Me conformo con hacer unas cuantas fotos y decido no entrar. Mirando hacia el otro lado, encuentro que para subir al Campanile no hay cola. Entre la deshidratación, el calor, el sol y el cansancio decido no subir ¡Si hombre voy a ponerme a subir 4 millones de escalones ahora! ¡Que se queden con la torre los que siguieron desde el principio las indicaciones!

Vuelta y vuelta por la Piazza y visita a lo que da la impresión que es el mar, pero tampoco. Es el Canale della Giudecca. Primero decido ir a la izquierda y contemplo uno de los canales con un puente al fondo. Muy hermoso. Me salen unas fotos de postal. Luego, al poco, a la derecha. Allí hay una especie de mercado donde los comerciantes venden cuadros, pinturas, grabados a los turistas. Al otro lado del canal veo una iglesia. Descubro que es la Basilica di San Giorgio Maggiore. No se puede ir andando y nadando… no me fio de los tiburones. Así, como no sé qué hacer, decido regresar a la estación y volver al albergue de Vicenza. Llevo muchas horas ya andando, así que pienso en retirarme del mundo del turismo.

En mi estado, me da la impresión que han movido la estación de tren y la han puesto más lejos. Afortunadamente, sigo todas las indicaciones y llego a la stazzione. Sale un tren en 10 minutos y regreso a Vicenza.

Impresión general y consejos: ¡Visitad Venezia! Eso sí, decid que sois franceses, que los italianos odian a los franceses igual que los españoles. Y tened mapas y seguid las indicaciones, que es menos cansado.

¡Ah! Y Venezia no huele mal. En algunos momentos sí viene un aroma a agua estancada, pero no es para nada comparable con otros olores de algunas atracciones de agua de algún parque de atracciones español. Eso sí, el agua no es demasiado clara, más bien tiene un color marrón tirando a verdáceo, pero el ser humano no suele caminar sobre el agua, así que no hay problema. Y, salvo las fachadas de la Piazza San Marco, no se ve demasiada mierda en la ciudad.

Mereció la pena ir a Venezia. Un par de días me hubieran permitido verla mucho mejor y sin acabar completamente agotado. Estoy muy contento de haber estado allí. Es una de las ciudades, junto a Firenze, que recomendaría visitar al menos una vez en la vida.

P.D.: Si hubiera continuado el camino en aquella calle larga inicial habría llegado a la Piazza di San Marco, eso sí, rodeando toda Venezia.