En teoría los viajes suelen comenzar el día en que se marcha uno… En mi caso el viaje ha empezado dos días antes, cuando intenté sacarme el billete.

Resulta que en la estación de tren nadie había expedido un billete de Interrail nunca, así que después de esperar media hora y de que aparecierá la “veterana”, empezamos con los trámites… ¡Media hora después conseguí el billete! Viendo y ayudando a que me lo hicieran he comprendido también una de mis facetas: haría bien el trabajo de expenedora de billetes, porque era yo quien le decía a la pobre mujer lo que tenía que marcar en el ordenador.

El mejor momento fue cuando me preguntó: “¿Eres joven?”… Y en ese medio segundo de tiempo de reacción pude encontrar una salida: “¡Relativamente! Pero no lo suficiente“.

Y luego ya empezó el auténtico estrés: le pedí un billete para cruzar las fronteras… Y no me hacía descuento. Empezamos a discutir -con buenos modos, eso sí- sobre lo que me tenía que cobrar. Cuando me dijo que eran unos 140 euros sólo ida… me asusté. Le dije que no quería el billete.

Así que me fui para casa, pensando en que tengo un interrail para viajar por Italia, pero no tengo manera de desplazarme allí… Bueno, maneras siempre hay, hasta pensé en hacer autostop, lo que no tengo es suficiente dinero.

En casa, miré si la mujer tenía razón de no hacerme descuento. Efectivamente, ella tenía razón. Me había equivocado. Así que busqué vuelos. Después de un par de horas conseguí uno a precio razonable. ¡Menos mal!

En resumidas cuentas, para futuros viajeros de Interrail, la opción que elegí fue la de Interrail Italia Pass, a usar 6 días durante 1 mes, en segunda ¡claro! a un precio de 189€.

Los vuelos de ida y vuelta (Girona-Bérgamo) me costaron 103€, con Ryanair, incluidas las tasas y la facturación (según la página inicial de esta conocida empresa de vuelos Low cost, el precio inicial era de 19,90€ por trayecto…).

En estos días previos a la escapadita, intentaba planificar al detalle la ruta que iba a seguir. Buscaba albergues y guías de las ciudades por las que quería pasar. En definitiva, me lo estaba currando. Lo único malo es que es bastante planificar viajes sobre pantalla de ordenador. Es más gracioso hacerlo en vivo y en directo. Y así ha sucedido durante la mayor parte de mi viaje y de mi vida en general. Sólo planifiqué los dos primeros días (Brescia, Vicenza y Pisa). Posteriormente, y debido también a un pequeño cambio de planes, me levantaba por las mañanas y decidía dónde iba. En todos los albergues hay conexión a Internet, así que resultaba fácil buscar información sobre albergues y trenes.

En un principio, el viaje iba a ser de otra manera. Pero un especie de imprevisto -si puede llamarse así- hizo que llegara incluso a pensar en cancelar mi viaje. Pero como no tenía ganas de estar deprimido en el sofá de casa durante mis dos semanas de vacaciones, decidí mantener, con cambios, el viaje.

Seguí con la planificación y seguía con los nervios. No obstante, una mala noticia -si puede llamarse así- hizo que variara todo lo que quería hacer. A partir de entonces, a 2 días de mi partida, todo me daba igual. Estaba en una sensación de numb, de apatía. Me daba igual si no sabía dónde dormir ni por dónde pasar. Todo me daba igual. Y esto, más o menos, ha permitido que haya improvisado bastante.

Llegó el día 26 e inicié mi viaje, mi viaje especial. El viaje más importante de mi vida. Un descenso a los infiernos de mi corazón, y un ascenso en el orgullo.