Haciendo el indio en Sevilla
Las historias siempre empiezan cuando una puerta se cierra. Así empiezo yo mis viajes: cerrando una puerta y encontrándome con el largo pasillo que tengo que empezar a recorrer antes de llegar a mi destino. A diferencia del viaje a Milano, pude coger un autobús que me llevó a Tarragona, a perderme un poco entre sus calles… literalmente. No sería la única vez en este fin de semana. Pero todo a su debido tiempo.
Una espera que no resultó tanta espera y un viaje amargado por una abuela que necesitaba un repasín a sus tuercas y por lo incómodo que puede llegar a ser pasarse tantas horas sentado en un tren, finalizaron con la llegada a la estación de Santa Justa,
Sevilla. Nada más salir, al fondo, aparece un trocito de la Giralda, la torre de la catedral. Son sólo unos segundos de la caminata, pero ya indican el camino que se ha de seguir… si se sabe seguir, claro. Porque sólo tardé unos 20 minutos en perderme…
Lo único que sabía sobre mi ubicación es que estaba todavía en Sevilla, no podía haber llegado muy lejos en tan poco tiempo. ¿Preguntar a la gente? ¿Para qué? Afortunadamente vino mi ángel de la guarda y me ayudó de una forma bastante clara: todo lo que tienes delante es el centro; todo lo que tienes detrás… no.
Lo malo bueno del centro de Sevilla es que no hay muchas referencias físicas. No se ve la Giralda, por muy alta que digan que es, no hay ni playa ni montaña, las señales informativas son solamente de hoteles… Así que le resulta difícil orientarse a un hombre cuya única referencia de todo es el mar. Aún así, tenía muy claro por dónde debía caminar: campo a través. Entré en el barrio de la Macarena y pensé en la gente que se dedica a hacer mapas… no hay ni una calle
recta de más de 5 metros, y su longitud no sobrepasa los 20… Es un barrio caótico, con secretos en cada esquina, gratas sorpresas en cada paso que das y… un laberinto a lo bestia. Además de centros de culto, llamadas de forma vulgar iglesias. Primero se fotografían algunas; luego… no. Cansa.
Pese a las dificultades orográficas del terreno, conseguí el objetivo de llegar a la Alameda. Un barrio que me trae muchos recuerdos. Hace tiempo le dije a un conocido que en ese barrio era donde quería vivir -en aquellos tiempos en los que quería irme a vivir a Sevilla- y me respondió que estaba loco, que aquello era un barrio de jevis, de putas, de okupas y de maricones… ¡Coño! ¡Por eso!
Mi viaje matutino fue un viaje de recuerdos. Antes de llegar a la Alameda de Hércules sólo quería hacer una ruta turística, fotografiando lo que me resultara curioso. Desde la sorpresa que significaba ver lo mucho que ha cambiado el barrio y la inmesa cantidad de imágenes pasadas que venían a mi mente, decidí ir en busca de recuerdos. Recordé que por allí había dormido en alguna ocasión, que en una pizzería cercana había tomado algo, que me sonaba que cerca tenía que haber un cine… Miré y no estaba donde creía.
No sabía que ruta tomar. Si a primera hora de la mañana estaba algo asustado por eso, ahora ya me daba igual. Decidí tirar pa’lante porque vi un puente a lo lejos. Si había un puente, allí estaba el río. Un río viene a ser como mi mar, un poco más estrecho, eso sí, pero lo suficiente como para saber orientarme. De todas formas, no sé por qué querría orientarme… Si no llegaría nunca a saber donde estaba… Resulta que el puente era el de la Barqueta, un puente que unía la Expo con Sevilla. Ahora no sé qué unirá, pero pasaban un montón de coches por encima. Según Juan José Arenas, el
arquitecto que lo diseñó, “la pureza de este arco y la limpieza geométrica de las puertas de entrada, combinadas con la invitación a entrar y pasar que esas puertas producen, con el sentimiento dinámico de movimiento horizontal de los tirantes inclinados y con la explícita manifestación de su flujo interno de fuerzas, termina conduciendo a un puente de valores estéticos tan rotundos como delicados. Hasta tal punto que diez años después de su construcción se ha convertido ya en una obra indispensable del paisaje urbano de Sevilla.”… bueno… es un puente, sí. Lo mejor de este puente es que por debajo pasan los piragüístas que navegan por el Guadalquivir, un río… ejem… es un río que… mmm, el río de Sevilla, cuya majestuosidad sólo es comparable a su nivel de mierda.
Y al otro lado del río se ve el supositorio del recuerdo de la Expo 92. Fue la primera vez que bajé a Sevilla y el supositorio entonces parecía un cohete, ahora no. Río arriba los recuerdos ya no cesaban. Todavía no ha parado. Recordaba el lugar donde había ido a comprar litronas y el lugar en donde las bebía, recordaba situaciones absurdas y divertidas, recordaba un montón de gatos mostrando su jerarquía. Recordaba una especie de cartas de Tarot y una falda muy corta. Recuerdos muy buenos. Incluso un vagabundo me pidió un cigarrillo, arriesgando su vida al saltar sobre unos maceteros… como en los viejos tiempos.
Seguí río arriba (¿o río abajo?) y me encontré con la estación de autobuses de plaza de Armas. Más recuerdos. La primera vez que visité Sevilla siendo mayor de edad (la segunda vez en el cómputo total) no me atrevía a ir a comer a los restaurantes, porque los andaluces comen cosas muy raras… así que me iba a la especie de centro comercial que hay en la plaza de armas, a comer hamburguesas y bocadillos de cadenas muy conocidas. Era como el extranjero que siempre pide lo mismo porque no sabe más. A mí me pasaba lo mismo. Y claro que tengo razón… en Sevilla, por ejemplo, un cortado no es un cortado… En cambio, una hamburguesa es siempre una hamburguesa.
Hay una pensión por la zona en la que había dormido muy gratamente. Su nombre, además, resulta inolvidable: Paraíso. Decidí intentar hacerle una foto a la fachada. Pero para entonces, el sol estaba ya dando mucha guerra y yo ya andaba medio mareado. Pequeño descanso. Todas las calles me sonaban de algo. Las recordaba. Pero no recordaba cómo ir a la pensión. Empecé a dar vueltas. Me encontré con la Caixa de Catalunya famosa, me encontré con el bar en el que una vez me tomé un helado y hablé del lenguaje de gestos. Incluso me encontré con la calle San Eloy y la tienda en el que compré dos tarjetas de móvil hace 6 años. Subiendo, subiendo, la plaza en la que esperé el autobús y, cómo no, el Corte Inglés. Decidí volver atrás. Empezaba a estar obsesionado con el Paraíso. Recordé un bar en el que había tomado cerveza con jamón y el Hotel Reyes Católicos (creo… y si no… pues tampoco importa). Fui por las callejuelas. No estaba lejos, pero no lo encontré. De pronto me encontré con el nombre de la calle: Gravina. Creo que era esa. Me pateé la calle de arriba abajo… y decidí abandonar mi objetivo, porque no tuve narices a encontrar el nidito de amor.
San Eloy de nuevo arriba y… no sé cómo se llamará, pero yo la llamo la plaza del botellón. No explicaré el porqué. Y más arriba unos árboles antiquísimos. Me hice una foto allí hace 6 años. Hice de nuevo una foto. A partír de aquí buscaba la catedral. Ya he escrito que la Giralda no sobresale por encima del cielo sevillano y, como soy fumador, no tengo capacidad olfativa suficiente como para olerla. Así que volví a perderme.
Y encontré iglesias y más iglesias. También encontré niños vestidos de marineritos. Parece ser que era un fin de semana de comuniones. Todo eso, unido a mi pérdida generalizada de orientación y al cansancio hicieron que decidiera abandonar. Necesitaba un taxi.
Taxi, charla, risas, bollitada, tarde, Oliver y Benji, Chiki-chiki, cerveza, un montón de cosas más -quizás de las más importantes- y hasta mañana.
Los domingos por la mañana están hechos para dormir o para ir a misa. No hice ni una cosa ni la otra.
Malditos sean mis problemas de sueño. En fin, por lo menos mereció la pena levantarse. Después de no comer, a coger el fantástico autobús sevillano -con unos críos que portaban lanzas y escudos- y para el centro, allí donde el día anterior estaba el Corte Inglés (curiosamente, el domingo seguía estando en el mismo sitio). El autobús que cogí era… de los normalitos… supuso un autobús decepcionante en comparación a otros autobuses que en la misma Sevilla había cogido, con televisores que, entre publicidad y publicidad, indicaban la próxima parada.
¡Mira que era fácil llegar a la catedral! Y no lo conseguí el día anterior…
La primera sorpresa fue la calle. La avenida de la Constitución ahora es peatonal. Ahora sí que puedo decir que Sevilla es diferente. Lo malo es que la veo peligrosa porque resulta que a falta de metro, han puesto tranvías… ¡En una calle peatonal! Casi se llevan a un guiri por delante… También Sevilla se ha modernizado bastante y ya está a la altura de otra gran ciudad, como Barcelona, al introducir en sus calles el bicing.
En fin, la catedral aparece en frente y a un lado… y al otro… y detrás… Será por eso que es la catedral más grande de Europa. Y cuando estás bajo su manto se nota. Tenía ansias para hacer fotos, pero no sabía por dónde empezar, así que si se comienza con una foto a la fachada o a alguno de los Papas y/o santos que vigilan la calle desde la altura, todo lo demás sale solo. No había mucha gente en la calle. Supongo que los calores excesivos del verano son mucho más placenteros para los guiris rosados y blancos.
Dando la vuelta a la catedral te encuentras con el Giraldillo
, una copia en pequeño de la escultura que corona el campanario, bien protegida por unos barrotes de hierro en forma de puerta. Si en lugar de mirar hacia la catedral miramos hacia el otro lado, vemos que hay unos japoneses la mar de simpáticos haciendo fotos. El centro de Sevilla no sería el mismo sin los japoneses. Siempre hay japoneses.
En una esquinita escondida se encuentra el Patio de Banderas, pasada una puerta en forma de arco. Es una plaza cuadrada, con su fuente en medio, que… bueno, tiene sus balcones y sus árbolitos… Pero lo mejor es que desde allí se puede acceder a la Judería. Como su nombre indica, antaño era un barrio de judíos. Tendrían mucho dinero, pero no lo usaron para hacer calles en condiciones porque son todas muy estrechas. Hay algunas en las que da miedo pasar, por si te quedas allí trabado y no puedes salir… Quizás la judería, que se encuentra entre los barrios de Santa Cruz y de San Bartolomé, es una de las zonas más especiales de Sevilla y, probablemente, una de las que más me gustan.
De pronto, las campanas empiezan a sonar… ¡Qué agobio de campanas! ¿No las podrían hacer más pequeñas? El ruido que generan es realmente espectacular, directamente proporcional al cabreo del que intenta dormir la siesta cerca, y lo suficiente como para que cualquier turista se sienta complacido, sobretodo los japoneses.
Y el reloj avanzaba y mi tren se acercaba, así que a una tetería a tomar té, a descansar antes del viaje. Un ambiente tan serio, tan de señorío, unas butacas y unos sofás, una presentación en teteras arabescas, y va y me siento en el sofá que no tenía respaldo… bueno, tenía el mueble detrás. Afortunadamente, el té que tomé, el Té de los amantes, estaba realmente delicioso. Recomiendo ir a la tetería. Preguntad por el centro y os indicarán.
Y poco más. Camino hacia Santa Justa, un tren, una noche de viaje, llegada a las 6:30 y a trabajar. Malditos lunes, que siempre llegan…
Originariamente, el viaje de este fin de semana tenía que haber sido a Florencia. Por cuestiones de la vida, acabé viajando a Sevilla. No sólo no me arrepiento de haber cambiado el destino. Lo agradezco. El viaje a Sevilla supuso un reencuentro con mi pasado y una pequeña liberación de mi presente. Probablemente volveré varias veces. Es que Sevilla tiene un color especial…