Siempre he dicho de Barcelona que es una ciudad que no me gusta. Pero creo que tendría que haber explicado mejor qué significa eso. La ciudad en sí me gusta. Me parece bonita, con una arquitectura aceptable, con bares y plazas acogedoras, con espacios para pasear y con un gran grito de libertad que representa una hermosa vista al mar… Pero me gusta también aparentar ser despistado, el no preocuparse de dónde pisar, el no planificar dónde ir o por dónde pasar. Y eso en Barcelona es imposible. Siempre hay que mirar al frente, para evitar chocar con la gente o para que un coche no se te lleve por delante. El no poder reflexionar mucho y el tener que estás más preocupado por las fuerzas externas me estresa. Las grandes ciudades no están hechas para mí, aunque sí me gusta tenerlas cerca.

Barcelona es una ciudad que conozco lo suficiente y que he visitado en numerosas ocasiones y, además, es una ciudad que no necesita de presentaciones ni de fotos, que para eso existe internet. Es la ciudad “preferida” de muchos jóvenes -y no tan jóvenes- europeos. Nunca entenderé el porqué, aunque lo acepto. Y pienso, en relación a esto, si tengo alguna ciudad preferida…

Este fin de semana no ha sido el maldito lunes en el que debía ir a Barcelona para dar clases a trabajadores del BBVA a las 7 de la mañana… Por lo menos este fin de semana ha tenido algún sentido. Ha sido un viaje de regalos. La misma estancia en la capital ha sido un regalo. Luego han venido otros.

El mejor regalo de todos ha sido el de conseguir entender ciertas cosas. El deseo y la necesidad crecen, pero también la seguridad y la esperanza.

Fin de semana muy corto, pero completo. Es de aquellos fines de semana en los que hay que estar concentrado para no perderse detalle. Detalle de cada piedra, de cada faz que pasa por las Ramblas, de cada paloma que busca su miga de pan, de cada conversación participante…

Plaza Catalunya, Ramblas, barrio gótico, Colón, Maremagnum… Todo tiene diferente sabor cuando mantienes una buena conversación, cuando te abrazas a una ilusión, a una esperanza, a un deseo. El mar se torna diferente cuando son cuatro los ojos que lo miran; y no parece que a tu alrededor haya tanta gente bloqueándote el paso…

Sorpresa también en familia. Domingo de comida familiar. Hacía tiempo que no me reunía con ellos. Nuevas posibilidades de proyectos, nuevas esperanzas y algo que podía ser una sorpresa no lo fue tanto para mí. Quizás todo salió mejor de lo deseado. Vuelta rápida por Mataró, con ausencia total de dolor. El sentimiento era el de compartir y, en ningún momento, tuve pensamientos negativos. Lo único negativo, quizás, fue el pensar posteriormente que podía haber alargado esa vuelta. Pero tenía ganas de llegar a casa.

Delicioso escuchar con deseos de felicidad a The Black Crows, Gary Moore o Guns ‘n’ Roses en Plaza Catalunya… Delicioso. Muy delicioso. Barcelona me parecía otra. Me parecía una ciudad abierta al mar, libre. Una ciudad en la que poder moverse, poder sentir, poder saborear los manjares más especiales. Barcelona me pareció una ciudad ideal para amar.

Fin de fiesta el lunes… Vuelta a los hogares habituales y mezcla de tristeza y felicidad. Otro recuerdo a la mochila. Deseo más. Más recuerdos futuros, por favor.