Archivo de la categoría ‘Tristezas’
Responsabilidad
Desearía tanto tener la capacidad de eliminar algún día del pasado… Lo tenía prácticamente todo y, por un enorme error, una gran estupidez, lo he perdido. No me vale culpar a factores externos. Sólo yo he sido responsable de lo que he hecho y sólo yo tengo que pagar ese gran error. Aunque necesarias, las disculpas ya no valen para nada. Sólo sirve una cosa: la responsabilidad.
Y debo ser responsable y pagar lo que yo mismo he provocado. Hundirse en la culpabilidad y en la autocompasión no es un gran aliado, pero ahora mismo no me queda mucho más.
Desearía tanto dejar de tener miedo…
Regreso al pasado
Hace dos años tomé ciertas decisiones. Nadie me obligaba a hacerlo, pero me vi en el deseo y en la necesidad de tomarlas. Dos años después, aún no me he recuperado. Las cosas han ido cada vez peor y, aunque en momentos de crisis siempre he tomado la decisión de largarme, esta vez no puedo hacerlo. Y ahora no es que tenga que tomar una decisión, ya la he tomado porque no tengo más narices, simplemente tengo que comprenderla.
Me da mucho miedo. La situación es ya insostenible, y me estoy acercando demasiado a un pasado muy doloroso, a un pasado sin presente ni futuro. Y voy a perder todo lo que tengo, que no es nada, pero que me gusta.
Necesito ayuda, aunque no la pida ni tenga intención de hacerlo –y que seguramente rechazaría. De todas formas no entiendo cómo sigo pensando en que alguien puede llegar a ser capaz de ayudarme. Supongo que son cosas de la maldita esperanza.
Sólo sé que en los últimos días y en los días venideros estoy más cerca de la bañera que de la resignación.
El abuelo
Duele. Todo duele. Sólo espero, aunque no tengo claro el qué. Espero y no pasa nada. Nunca pasa nada. Los recuerdos vienen a mi mente y las ganas ansiosas de volver atrás. Hago vida de abuelo, sin manta ni mando a distancia. Tengo tantas ganas de que el mundo se porte bien conmigo…
La última caída fue muy dura, muy dolorosa y, pese a los 10.000 Km que recorrí, no he conseguido curar todas mis heridas. Hay cicatrices que dejan marca, heridas demasiado profundas para ser salvadas. Y tengo que acostumbrarme a vivir con ellas. Siempre lo hago.
Pero donde hay cicatriz la piel nunca vuelve a ser igual.
Hagamos un trato

Finalmente, se ha ido sin hacer ningún estruendo, como él quería, y hemos aprendido que la literatura siempre tiene que ver con la vida. Es imposible imaginarse la una sin la otra. Hagamos un trato, Mario, yo seguiré pensando en la utopía y tú, de mientras, me cuidas de las flores y de los amaneceres.
Cuando sientas tu herida sangrar
cuando sientas tu voz sollozar
cuenta conmigo.
(de una canción de Carlos Puebla)
Compañera,
usted sabe
que puede contar conmigo,
no hasta dos ni hasta diez
sino contar conmigo.
Si algunas veces
advierte
que la miro a los ojos,
y una veta de amor
reconoce en los míos,
no alerte sus fusiles
ni piense que deliro;
a pesar de la veta,
o tal vez porque existe,
usted puede contar
conmigo.
Si otras veces
me encuentra
huraño sin motivo,
no piense que es flojera
igual puede contar conmigo.
Pero hagamos un trato:
yo quisiera contar con usted,
es tan lindo
saber que usted existe,
uno se siente vivo;
y cuando digo esto
quiero decir contar
aunque sea hasta dos,
aunque sea hasta cinco.
No ya para que acuda
presurosa en mi auxilio,
sino para saber
a ciencia cierta
que usted sabe que puede
contar conmigo.
Tontadas
Nunca me gusta pensar que mis decisiones han sido erróneas pero ahora, más que nunca, creo que regresar a España ha sido un grave error. No es por la crisis, ni por la gente, ni por el dinero… es por la puta esperanza.
Regresos
Marcho con proporciones semejantes de alegría y tristeza. Sólo he conseguido cumplir completamente con uno de los objetivos principales. Hay otros que he conseguido sólo a medias, aún me faltaría un poco más de tiempo. De otros objetivos tendría todavía que preguntarme cuáles son.
Pero los regresos, aunque la batalla haya resultado victoriosa, siempre son frustrantes. Un guerrero no hace nada en su casa, con su mujer y sus hijos. El guerrero necesita guerrear.
Curiosamente, no tengo la sensación de regresar, sino la de marchar.
Mi estrella

¿Dónde se ha escondido mi estrella? ¿Por qué se ha ido? Me gustaba saber que tenía una pequeña estrella que cuidaba de mí –pequeñita pero firme- y que no iba a soltarme de la mano. He salido a lo poco que queda de playa a sentarme al lado de mi querido mar y la he intentado localizar.
Ya no estaba. Ha cogido las maletas mientras yo dormía el sueño de la realidad del día y ya no ha vuelto más. Ahora soy huérfano de estrella. Y, como bien sabemos, sin estrella no se puede vivir.
Ni soñar.
Quizás haya tenido que marchar y la volveré a ver mañana. O quizás éstas son sólo palabras de autoengaño y consuelo. Lo más probable es que se haya ya cansado de mí, de mi tristeza, de mi pena, de mi apatía sistémica. Las estrellas sólo aparecen cuando hay esperanza -no son como los dioses, que desaparecen cuando dejamos de creer en ellos- y por eso hay tantas en los cielos nocturnos. Tantas como esperanzas.
Pero hoy, esta noche, cuando alcéis vuestro ojos a los cielos, veréis que falta una.
De sacrificios
¿Cómo se hace para seguir luchando, cuando piensas que nada tiene ya sentido?
¿Cómo se hace para seguir adelante, cuando crees que un malvado diablo te ha arrancado un trozo de ti y ahora, tullido, te cuesta mucho más caminar?
¿Cómo se hace para convencerte de que nada ha pasado, de que todo lo sucedido no era nada más que un sueño y ahora te acabas de despertar? ¿Cómo se hace ahora para probar que nada era real, que todo ha sido una maldita mentira?
¿Cómo se hace para no decirle a alguien que la quieres, cuando la quieres con toda tu alma?
Sólo Chronos es capaz de responder estas preguntas. Otra cosa es que lo haga. Sólo sé que ahora he cambiado de dueño y soy ahora su esclavo. De él dependo totalmente y a él confío mi vida.
También confío en mis recuerdos, mis queridos recuerdos sesgados. Sé que no han existido, que todos son falsos, que me los he tomado como reales cuando eran un frágil castillo de arena. Pero quiero seguir recordándolos, aunque duelan. Quiero dar un sentido a todo lo que he hecho y estoy todavía haciendo, aunque a veces sea algo difícil. No puedo pensar que tantas decisiones, tantos cambios importantes en mi vida, no hayan tenido o tengan ningún sentido. No soy capaz, así de simple. No soy capaz y no me da la gana.
Nadie puede ver más allá de las decisiones que no entiende. Y en los próximos meses, tengo que volver a comprender que amor es sólo una palabra.
Esta noche
Esta noche es una de mis peores noches en varios años. Me han acusado injustamente de no tengo muy claro todavía qué. Es algo inexplicable y, a mi entender, totalmente injusto, arbitrario y caprichoso. Pero duele, duele mucho. Nadie de la gente que me conoce me acusaría de lo que me han acusado esta noche, no sólo los pocos amigos, sino también los meros conocidos. Repito: Nadie. Con 19 años era posible una acusación así, lo reconozco, pero en los 12 años siguientes me he dedicado a mejorar y a ser lo que soy. He aprendido muchas cosas -sigo aprendiendo- y, paradójicamente, hay gente que dice que lo que más aprecia de mí es precisamente lo contrario de lo que me han acusado.
Abatido.
Lo peor es que entiendo el porqué de esta imputación. Mientras no se solucione esa situación, no cesarán los ataques absurdos contra mi persona. Pero yo no puedo hacer mucho. El sentimiento de culpabilidad anula en ocasiones el raciocinio.
Y precisamente, lo inexplicable ha sucedido esta noche, cuando mañana parto para Italia. He pensado en cancelar el viaje, pero no voy a darle tanta importancia. No merece la pena. La felicidad es darse cuenta de que nada es demasido importante, e intentaré que así sea.
Me iré a dormir pronto, que mañana tengo que hacer muchas cosas y no tengo fuerzas para hacerlas ahora, y porque la almohada me revitaliza. Es la que más me quiere.
Mañana también tengo que escribir la pre-, como en cada viaje.
… mi esperanza fue demasiado lejos y el silencio inició la guerra…