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Lejos de mi ex-hogar. Sin tener demasiado claro qué hacer ni qué deshacer. Escuchaba música, ese tipo de música que fabrica pasados mejores y que obliga a cerrar los ojos y pensar.
¿Y ahora qué?
Abatido…
Todo sería más sencillo si tuviera detrás una fusta que me obligara a andar más rápido, más lento, hacia la derecha o hacia la izquierda. Incluso pararme. Quizás todo es más fácil cuando somos unos simples autómatas haciendo lo de siempre. El problema es que no quiero ver ese látigo que me azota y deseo creer que soy libre.
Quizás aprendí a convivir con el arte del azote y en ocasiones no soy consciente de su existencia.
Pero no se trata de tomar una decisión. Como siempre, ya está tomada.
Por lo menos sé que “todo va a salir bien”. Afortunadamente, hoy me creo esa simple frase. Y lucho para no volver a caer en los mismos errores. Hay un pequeño brillo esperanzador de felicidad y salvación.
(Imagen: Portada de El arte del azote, del genial Milo Manara).
Mañana
Anoche bajé a los infiernos. Necesitaba hacerlo. Lo que no entiendo demasiado bien es por qué he vuelto de nuevo al mundo. Necesitaba morir esta noche. Necesitaba acabar con todo y con todos. Hoy no tengo demasiadas ganas de vivir.
Me duelen los tortazos de anoche. Me duelen los excesos. Me duele que se haya acabado todo. Tiemblo. Hace frío.
Espero a mañana. Mañana estaré mejor. Mañana seré libre. La muerte me sienta tan bien.
Paciencia
De todos es conocida la expresión “la paciencia tiene un límite“. Lo que no conocemos es probablemente lo más importante: ¿Cuál es ese límite?
La paciencia también está asociada a la molestia, al dolor. Podríamos ponernos matemáticos: la duración de la paciencia es indirectamente proporcional a la molestia continua, al dolor producido. Pero hay una anomalía sistémica que crea fluctuaciones: la esperanza de cambio. Claro que, aunque no lo parezca, no soy muy amigo del cientificismo, así que no intentaré explicarme el porqué aguantamos tanto en ciertas situaciones.
De todas formas mi paciencia tiene un límite físico… Es una fecha de calendario. Sólo tengo que esperar un poco, aguantar un poco más. Un poco más para no faltar a mi palabra y se habrá acabado todo. A nivel teórico, claro. Luego ya veremos cuáles son mis expectativas, mis motivaciones, mi dolor y… mi paciencia.
De tópicos
Cuando era adolescente intentaba coger las rosas antes de que marchitaran. Los pétalos iban a caer y no me gustaba. Era un radical del carpe diem -más bien era disfrutar del día y no aprovecharlo- y actuaba como tal. El futuro no me importaba porque lo que contaba era el presente. Cumplir horarios se convirtió en un suplicio y el paso del tiempo en un calvario.
Más tarde, en el inicio del declive de mis células, las rosas se marchitaban y a mi me importaba un bledo; como si se pudrían. La belleza de la rosa era, precisamente, que perdía sus pétalos y moría. El futuro también me importaba bien poco, pero por otros motivos. Me daba igual que el mundo se acabara, que el Sol dejara de brillar o que mi corazón dijera que ya estaba cansado y que allí se quedaba. La apatía se apoderó de mi vida y el presente también me importaba más bien poco. Nada tenía sentido. Fue una época de ubi sunt? nihilista, un contemptu mundi radical.
Y ahora, en ocasiones pienso que me he hecho algo viejo, que me queda menos tiempo y que tengo ganas de ser y estar feliz. Me doy cuenta de que tengo que mirar por mi futuro, por mi estabilidad y felicidad. Ahora no pienso en lo bonita que es la rosa, sino en que dentro de poco se marchitará. Y no puedo hacer nada, me guste o no. Así que pienso en mostrar esa rosa, en ponerla en la mejor maceta, en el mejor vaso de agua, en el mejor cubo que tenga, en sentirme contento al mirarla, en disfrutarla mientras dure. Esto es ya un carpe diem “oficial”, sabiendo que el futuro está detrás de la puerta y sólo necesito abrirla para encontrármelo.
Tarde o temprano los pétalos acabarán ennegreciéndose, así que mejor que se marchiten en el locus amoenus elegido.
He vuelto a despertarme a las 5:00. Mi cuerpo aún “sufre” los excesos de las últimas semanas y parece que se ha acostumbrado a eso de dormir poco. Necesitaré algún tiempo para recuperarme de todo y del todo.
A ver qué sucede esta noche…
A lo largo de mi eterna juventud las cosas más especiales y las más desagradables me han sucedido bajo el reinado de Selene. Debido a los efectos del paso del tiempo -y a las escasas resacas-, ya no aguanto tanto eso de vivir de noche y morir de día. Mi cuerpo se ha ido socializando un poco, mi mente también, aunque en ocasiones echo de menos salir de zombie a morder murciélagas solitarias.
Recuerdo, y no era hace mucho, que salir con nocturnidad y alevosía significaba conocer a alguien nuevo ¡y eso cada noche! La ilusión iba convenciéndome poco a poco de que no era tan sociópata como creía. Sólo necesitaba un poco de alcohol… Y un poco de ganas, claro. Lo demás venía solo. Casi me llego a creer que soy sociable…
Aun haciendo vida “normal” siempre tengo en mente la nocturnidad, lo prohibido, lo lunar, lo oculto y lo sagrado. Me pongo el disfraz solar, el disfraz de las señoras que van a la compra, el de los obreros de la construcción, el modelito atrevido de los señores curas que ofician ceremonias… Me disfrazo, en definitiva, de casi-persona (tendría que afeitarme y cortarme el pelo para conseguir el disfraz de persona total). Disimulo lo que prefiero y lo que me gusta, quizás porque ya no me gusta tanto, quizás porque ya no lo necesito tanto, quizás porque…
… porque me da miedo.
Hay que saber cómo juega la noche, cuáles son sus reglas y los castigos que aplica cuando esas reglas se incumplen. Hay que conocer sus normas y, estar en la obligación de cumplirlas…, y esto… a lo mejor ya no me gusta tanto.
Pero estoy seguro de que la noche no me abandona. Me da libertad para elegir con qué pareja celestial quiero estar. Se fía de mí porque, lo tiene muy claro, sabe que tarde o temprano regresaré. Todos volvemos. Maldito Ouroboros.
Pasión
Andrógina de piel de nata, cabellos largos y pelirrojo fuego. Su mórbida mirada es de un frío negro que ciega y envenena. Sus manos… lo pueden tocar todo, lo que esta cerca, lo que esta lejos, lo que quema o hiela, lo invisible y lo evidente.
Pasión es una depredadora comparable sólo a la pantera albina, marca su territorio con un profundo dulce de fruta casi podrida. Jamás apoya los pies en tierra ni agua; atraviesa el fuego y siempre reposa sobre una ave de miméticas y exóticas plumas que huelen a sexo.
Su poder se intensifica con su rechazo a luchar junto a Prejuicio, Virtud, Vicio, Miedo, Limite, Conformismo u otros acreedores de poder. Con sus cabellos enreda a Razón, Aburrimiento o Templanza. Su mirada larga y profunda hipnotiza a Amor, Odio y a todos los sentimientos embrionariamente humanos. Pero Pasión no es implacable.
Galaxias temporales llevan en lucha Desidia, Inercia, Mesura y los demás Ombligos Grandes contra Pasión. No es fácil saber donde mora esta andrógina, pero cuando hace acto de presencia ni los huracanes pueden compararse a ella; sólo sabemos que nace repetidas veces donde nosotros y es inmortal.
Pasión tiene infinitas tropas unitarias.
(Comentario de Elizabeth en Deseo. Gracias, te robo el post. Quizás tenía que haberte robado más cosas)
(La autora de la pintura es Isa)
De navidades y reyes magos
Entramos de nuevo en el período navideño, tiempo de figuritas, de comidas copiosas, telemaratones y pagas extra. Son fechas también de reencuentros familiares, que ver a la familia una vez al año no está del todo mal aunque sólo sea para discutir sobre la inmigración y la educación de los chavalines. También son fechas para ver por la tele películas como El chip prodigioso y Cortocircuito, que caen todos los años, y pelis de dibujos de Asterix. Y, cómo no, veremos en las noticias a los cansinos gatos o perros que cantan villancicos…
Lo mejor de estas fechas son los regalos. Y debe ser lo más importante porque no solamente tenemos Reyes, que sabían a poco… Ahora tenemos Papa Noel, el Caga tió, el fin de año y los mismos Reyes Magos… y cualquier otro día y cualquier otra tradición, que para hacer regalos sirve todo, por absurdo que parezca. En mi familia teníamos a los Reyes. En la noche mágica mi hermano y yo nos íbamos a dormir pronto -aunque nos quedábamos con los ojos abiertos por si los pillábamos, hasta quedarnos fritos- y nos levantábamos por la mañana con un nivel de excitación elevado, corríamos al comedor para ver qué es lo que nos habían dejado. Supongo que nunca debimos portarnos muy bien, o igual no entendían las letras de nuestras cartas, porque nunca nos dejaban lo que pedíamos. Pero nos daba igual, siempre había regalos y ya nos apañábamos con ellos.
Desde hace unos añitos sé que los Reyes no son los reyes (espero que no haya críos leyendo esto), pero tampoco son los padres, ni los tíos, ni los padrinos… Desde hace unos añitos los reyes están en mi bolsillo -son pequeñitos- y siempre hago uso de ellos, aunque después me arrepienta. Este año también ha caído algo… (¡Cagontó! ¡Maldita paga extra!).
Hace años estaba en contra de la navidad, y era practicante. Con el tiempo he aprendido a ser más tolerante. Las excusas son necesarias para hacer ciertas cosas. Así que cada uno que haga lo que crea pertinente. Por mi parte, la noche de reyes pienso irme a dormir pronto, por si cae algo, aunque no sea lo que pida…
Ruido y furia
Hay ocasiones -estos momentos pertenecen a una de ellas- en las que me despierto de mis viajes oníricos de plena nocturnidad con preocupación. No puedo desprenderme de mi pasado, me persigue. De todas formas él ya estaba allí antes de que yo regresara por las noches. Parece que las tres damas grises quisieran avisarme de algo; quizás me avisen de lo que he sido, recordando entonces que lo sigo siendo. Porque lo que nos ocurre no desaparece sin más, lo vamos guardando en una especie de mochila que, poco a poco, va pesando más y más; y a eso lo vamos llamando edad.
Hay ocasiones -estos momentos pertenecen a una de ellas- en las que los deseos de coger de nuevo un trocito del pasado generan ira. Sé que no puedo volver atrás, la vida empuja con demasiada violencia, pero la eterna lucha entre la realidad y el deseo regresa a los camposantos y la batalla comienza de nuevo.
Esta encrucijada de recuperación del pasado y de continuación de mi vida y olvido de él crea estas peleas, y hace también que quiera dejar de soñar. Y despierto, con ruido de sables, me encono, no sé aún si por no poder volver atrás o por no haber podido continuar con mi sueño.
24 horas
Siempre hay días en los que nos levantamos con ganas de comernos el mundo, literalmente. Puede ser que un sueño de princesas, dragones y castillos nos dé el hambre suficiente para tal gran labor. O puede ser también que un copioso ágape la noche anterior, o una sesión larga de duro sexo haga sentirnos fuertes y valientes.
Pero ese esfuerzo de hambruna se va disipando a medida que van pasando las horas; sobre todo en las primeras horas del día, junto al café, el ordenador y el cigarrillo. A medida que van desapareciendo las legañas y el caudal de café en su taza vamos volviendo a la realidad, a la visión de la dureza de nuestra Yihad particular. Y ese deseo de comernos el mundo va cambiando paulatinamente hasta llegar al punto mínimo de, por lo menos, no dejar que el mundo nos coma a nosotros.
Y así pasa completamente el día, hasta que volvemos a encontrarnos con la cena, o con una nueva sesión de sexo, que puede producir, de nuevo, un “día después” valeroso y osado. Quizás el nuevo sueño nocturno nos coloque en la más pura realidad, sin castillos ni princesas a las que salvar. Y teniendo la sensación, al levantarnos, de que el mundo nos devora.
Y volvemos al café, al ordenador y al cigarrillo…
Hojas y piedras
Billy Idol en la cadena, distorsión en la pedalera, volumen brutal -que decía Barón Rojo- en el amplificador, muy mala voz tapada por el ruido, vibración en las paredes y en la caja de la Pearl… Hojas en la habitación, piedras, como siempre, en los caminos y en los lagos rebotadas.
Desorden, mucho desorden. Sábanas perdidas entre el caos de las mantas, alcohol en la sangre y cubo debajo de la cama. Shock To The System me obliga a bajar un poco el volumen, pero deseando subirlo y subirlo… y subirlo. El juego infantil y no-tan-infantil lo decía muy bien: la hoja gana a la piedra.
Leyes, malditas leyes. Obligaciones… Resulta irónico que precisamente ahora suene el Mony Mony (I say yeah).
Mis deseos se están convertiendo en obsesión. No entiendo porque Obsesión no es uno de los Eternos. Supongo que ahora tengo una excusa más para quedarme y para seguir obsesionado/ndome.