Archivo de la categoría ‘Reflexiones’

Los pequeños detalles…

… pasan desapercibidos cuando se tornan cotidianos, pero en su ausencia vemos reflejada su importancia. Y pueden llegar a convertirse en una obsesión cuando no hacemos nada más que pensar en ellos.

Perorata

Tantas cosas que decir y tantas pocas ideas sobre cómo narices hacerlo…

¿Qué es lo que somos?

soledad.JPG¿Realmente podemos decir que sabemos quiénes somos? Creemos que somos de una manera y al doblar la esquina… ¡zas! Algo ocurre y actuamos de tal manera que, si consiguiéramos vernos a través del televisor, contradice lo que creemos ser. No somos simpáticos con todo el mundo; tampoco somos egoístas con todos, ni apasionados, ni sexys… No podemos conseguir siempre ser lo que queremos creer que somos. Ni siquiera un nombre puede definirnos. Mucho menos una actitud (aunque ya sabemos que soy un mataperros).

Traducción del post (primera y única vez): No sé como actuaré en ciertas circunstancias pese a que cierta gente crea que soy tal o pascual, o aunque yo pueda decir que soy equis o i griega. El ser considerado de una manera concreta no implica necesariamente actuar de esa manera específica en todas las circunstancias.

(¡Qué lujo!)

Cómo está mi mundo…

Ya sabemos de la existencia de mis conspiranoias sobre la construcción del mundo y la realidad, pero vamos a intentar explicar alguna cosilla que no servirá de justificación ni de introducción a la vida social occidental pero, al menos, pasaré un buen ratito escribiendo.

Uno de los temas fundamentales en mis conspiranoias es el del relativismo/verdad universal. No sólo creemos que ésta, la nuestra, es la mejor de las sociedades nunca creadas, sino que además sentimos de alguna manera que el resto de culturas son inferiores, salvajes, fanáticas, más una larga lista de adjetivos peyorativos. Incluso para justificarlo solemos utilizar las informaciones (tendría que haber escrito desinformaciones) que nos brindan los medios de comunicación, la sociabilización occidental y toda nuestra cultura, en definitiva.

Igual si sigo por esos caminos se me puede acusar de bobo solemne por mi pretensión banal de decir que todas las culturas son diferentes, así que nos iremos por otros caminos.

En el sistema educativo occidental nos enseñan a jugar con los números y con las letras pero, además, también nos enseñan -y lo aprehendemos muy bien gracias también al resto de la sociedad- cómo es la estructura de nuestra sociedad, cómo debemos mirarla  -y criticarla, cómo debemos mirar al resto de sociedades, cuáles son las reglas que no han de incumplirse y de qué manera debemos incumplirlas si es lo que deseamos… En definitiva, nos enseñan una particular manera de ver el mundo; nos enseñan A VER el mundo, cómo mirarlo, cómo estructurarlo, cómo diferenciar sus particularidades, etc. Resumiendo, resumiendo, nos crean una realidad.  Una realidad capitalista y democrática, por supuesto.

Esa visión del mundo acaba siendo nuestra (mejor decir que empieza siendo nuestra) y nosotros, durante y posteriormente, participaremos de esa educación a los más jóvenes y de mantenimiento y actualización al resto de la sociedad.

Os dejo con esta absurda e incompleta introducción. Ya volveré a por más. Buenas noches.

Jámonos a cogé jigos!

Extremadura

He estado estos días haciendo turismo por algunos pueblos sureños de España y he llegado a la conclusión de que los abueletes rurales que pueblan este país son una auténtica maravilla. Fundamentalmente he estado en un pueblo cacereño y mi objetivo era la de ser una especie de antropólogo que escucha y escucha -y come y come.Me he quedado gratamente sorprendido con la naturalidad con la que se viven todos los aspectos de la vida en los pueblos. Desde la muerte hasta el sexo, pasando por el cagar, la política y la religión.

Entre otras de mis actividades “antropológicas” ha sido la de ir a coger naranjas a la huerta. Reconozco que soy un ser urbano que se fija más en los bichitos que pueblan los campos que no en lo bonito que se ha puesto el naranjo; y, además, un auténtico neófito en los trabajos rurales, que no sabía hasta que me pinché -dolorosamente- varias veces que los naranjos tienen pinchos asesinos (así comprendí el porqué el abuelo se ponía guantes). Además, me sorprendió que el abuelo pusiera tanto empeño en cerrar la puerta del huerto a base de somieres y cuerdas… ¡Si se podía entrar dando un saltito en todo el recinto! Una visión un poco rarita de proteger la propiedad privada. Supongo que será lo mismo que cuando dijo que tenía varias naranjas recogidas y que las lleváramos a casa para que los que vinieran a robarlas, tuvieran que pincharse con el árbol en lugar de cogerlas fácilmente de los cubos. Si alguien quiere robar, al menos que le cueste.

El tema político lo introducí varias veces para comprobar si es cierto eso que se dice por ahí que los extremeños odian a los catalanes. También me sorprendió gratamente. Nos odian igual que nosostros a ellos… O sea, nada. Ven positivo que las gentes, da igual de donde sean, trabajen y se ganen el pan. Lo que no toleran son los políticos. En alguna ocasión pensé que los extremeños eran anarquistas… Supongo que les molesta que alguien se convierta en millonario sin trabajar, robando fundamentalmente, y parecía que a ellos les molestara más que al resto de los mortales. Por esa misma regla de tres no ven con buen ojo a los curas.

Frases como la de “¡Sólo faltaría ir a cagar cuando quisiéramos, cagamos cuando quiere el culo!” o “Desde que le operaron de la próstata, el abuelo ya no funciona” hicieron sentirme bien acogido.

Mi reconocimiento para los pueblos rurales y, en especial, para todos los abuelos que tenemos a nuestro lado. Podemos aprender mucho de ellos. Amén.

Nocturnidad

PisNi diez minutos habían pasado cuando se escuchó un “¡puf!”, se vio una llamarada -pequeñita- azul, y las luces, amplificadores y estufas se apagaron. A oscuras… Casi. Gracias a los móviles ya no son necesarias las linternas y pretendimos arreglar el cortocircuito con ellos. Una situación divertida: mirando los enchufes con tres móviles enfocándolos.

En ocasiones parece que los móviles sólo sirvieran para efectuar y recibir llamadas, pero ya se sabe: el hambre agudiza el ingenio. Probablemente lo que pasó con los enchufes y la corriente eléctrica es lo mismo que sucede en Madrid o en Barcelona entre las 8 y las 9 de la mañana. Demasiados coches que pretenden ir al mismo sitio y por el mismo sitio provocan un colapso.

Y el resultado: la nocturnidad, tiempo de sangre, hambre y, siempre queda bien añadirlo, alevosía. Desafortunadamente, no hubo ni mordiscos -salvo para los bocadillos de tortilla- ni sangre. Sólo la apatía que supone comprobar en las propias carnes que los santos se han dado la vuelta para hacer un pis.