Archivo de la categoría ‘Miedos’
Motorizado
Desde hoy, y si todo va bien, tengo un motor entre las piernas. Otro motor
… En una hora me ducharé e iré a buscarla. Y como bautismo de fuego, tendré que recorrer unos 76Km para regresar a casa. Estoy acojonado: Será la primera vez que coja una moto. Más acojonado estoy con el seguro. Mira que son caros los desgraciados.
Pagaremos religiosamente e intentaremos seguir las normas de circulación. Otra cosa es que llegue hoy o mañana a casa… Mira que si tengo que regresar andando con la moto a cuestas…
Encima, me duele una muela.
Preludios y nocturnos
Otra vez de noctámbulo, como en los viejos tiempos. Pero los motivos no son los mismos que en los viejos tiempos. Ahora creo que es una cuestión puramente física: cuando duermo se me hincha la vejiga. Ahora casi cada noche me levanto de madrugada (si no es que estoy todavía delante del ordenador) para “descargar“, como hace mi madre todas las noches. A diferencia de ella, que se dirige al lavabo como una verdadera zombie -incluso en el caminar se parece- y vuelve a la cama siguiendo el mismo procedimiento, yo aprovecho para volver a la vida y situar mi mente donde buenamuente pueda.
El tema de ensoñación de esta noche ha sido el ultracomentado paso del tiempo. La conclusión de hoy ha sido que mi mente es tan astutamente privilegiada que sería capaz de suicidarse para conseguir parar el tiempo (recálquense los excepcionales razonamientos nocturnos). Y es que me pongo a pensar sólo un poquitín y… estoy acojonado. Si pasa el mismo tiempo que ha pasado hasta ahora… ¡Estaré jubilado! (La verdad es que espero prejubilarme a los 45). Mi dicen los mayores que de los 20 a los 50, 60 ó 70 el tiempo pasa más rápido… No estoy de acuerdo con eso -como no podría ser de otra manera- porque el tiempo pasa de la misma manera. A veces me pongo a cronometrar el tiempo y las conclusiones son verdaderamente concluyentes: cada minuto dura exactamente un minuto (salvo en Fin de Año, que hubo un minuto que duró 59 segundos).
Yo diría que es uno mismo el que pasa más o menos rápido por la vida. Y mirando un poquitín hacia atrás no me parece que mi tiempo en los últimos años haya pasado más rápido. He disfrutado, he cambiado y he vivido. En los últimos 5 años he vivido mucho, quizás es ese el truco. Pero hay otro problema añadido: el tiempo pasa pero yo sigo queriendo ser adolescente. Claro que no tengo acné -sólo algún grano cojonero- ni me está saliendo vello en lugares extraños del cuerpo, pero a veces me comporto como tal: me emborracho, pataleo, discuto con mi madre, y también me río mucho, me ilusiono y me atrae el sexo en demasía, entre otros. Supongo que todo esto sucede por mi extraña manía a quererlo todo. Supongo que me encuentro bien estando en donde estoy y teniendo lo que tengo, pero siempre quiero más. Así que creo que no soy yo el que se hace mayor, sino el tiempo.
De premoniciones
¿Habéis soñado alguna vez algo que entre símbolos e imágenes os haga recordar vuestra propia vida? Y lo peor es que también aparecen posibles interpretaciones futuras.
En mi sueño aparecían mis miedos eternos, simbolizados en escenarios variopintos. Recuerdo temblores y lágrimas, y sorpresas.
Pero el final llegó cuando no tenía que llegar y, despierto, me he rebelado. Ese sueño llegaba hasta desarrollo, no tenía desenlace. Y no lo llevaba muy bien. Me asaltaron un montón de dudas, así que los Sueños Hastio Productions han rodado una segunda parte.
No sé cómo me lo he hecho pero así ha sucedido. Al dormirme de nuevo he regresado a donde lo dejé. Y por fin ha habido un desenlace.
Tenía cierto regusto a premonitorio, aunque no crea en ello.
(P.D.: Voy a intentar empezar a currar hoy, después de muchos meses, y espero que el jefe se acuerde de mí -eso de hacer negocios en los bares como que no me acabo de fiar).
(UPDATE: Este intento de jefe no se ha presentado, después de estar esperando dos horas)
Luces
El sábado pasado se fue la luz en todo el barrio, aunque poca gente fue consciente porque sucedió sobre las 2 de la noche. Era bonito asomar la cabeza por la ventana y no ver ningún semáforo, ningúna farola, ninguna bombilla vecina encendida. Pero por el otro lado sentí miedo e impotencia. Desde pequeño me pasa lo mismo.
Casi podría decir que somos medio humanos medio robots. Dicen que nuestras vidas se basan en el agua, pero yo creo que se basan actualmente en la electricidad. Cuando se produce un apagón nuestras casas ya no son casas, son cavernas; y volvemos a esas épocas en la que no era tan cómodo sobrevivir… Con sólo decir que no tenían internet…
Y es que sin electricidad sucede que debemos hacer las cosas con nuestras propias manos, sin ayudas tecnológicas de ningún tipo. Menos mal, eso sí, que se inventaron los mecheros, y que permiten encender velas para -y eso hace tiempo que no lo hacía- tumbarse en la cama y simplemente leer un libro.
Nuevo año
Cambio de fechas, de años, de estados anímicos y físicos, de boxers… pero sigo manteniendo mis miedos y dudas. Mis días de relax no han acabado de darme una respuesta pero sí unas cuantas dudas más. Será que siempre deseo lo que no tengo… hasta que lo tengo.
Deseos, deseos, siempre deseos y sólo deseos. Mi mente se abre a nuevos proyectos y con lo que ello significa: miedos, miedos y más miedos. Pero debo tomar una decisión dentro de ya, eso me aterra al mismo tiempo que aparecen ansias de acabar con el estilo de vida que llevo últimamente. Ya veremos cuál será la próxima estación.
Consecuencias

Escoger una u otra carretera indica, principalmente, que nos dirigimos hacia un lugar o uno otro. No espero llegar a Zaragoza si sigo la carretera de Valencia, claro. Y, hundiéndonos más en el tema, hay carreteras, como las autopistas, en las que es difícil volver atrás, salvo usando sus cambios de sentido. Y si el ejemplo es el tren, aún más claro parece la idea: A modo de ejemplo, del trenhotel que hace el recorrido Barcelona-Sevilla por la noche no puedes escaparte una vez pasado Tarragona. Entonces permaneces encerrado hasta Córdoba, momento en el cual uno piensa si regresar atrás o continuar hasta Sevilla. Pero no podemos decidir volver atrás a la altura, por ejemplo, de Albacete, porque el tren no se detiene.
Lo que es realmente obvio, aunque no sea muy amigo de las causalidades, es que la elección de un tren u otro, o una carretera u otra, lleva indudablemente a un destino; o al menos a un destino posible. Y en el camino resulta una tarea árdua el pretender volver atrás. Todos escogemos caminos -o nos lo escogen. Pero esos caminos en ocasiones son excluyentes, así que la elección de uno elimina la posibilidad de otro.
El problema no es el camino que se escoje, tampoco es escojerlo. El problema real es tener que eliminar el resto de caminos para escoger uno. La elección no es el problema (no estoy de acuerdo, Neo); lo es la supresión.
Sillones
Días de sillones, de reubicación de ideas, deseos, sentimientos, llantos… Cambios -esperados- de objetivos y reafirmaciones de pensamientos. Pero hay ciertas mareas en mi mente que no me esperaba. No esperaba verme tan convencido para desear hacer ciertas cosas, ni esperaba sentir tanto ciertas otras cosas.
Pero es así. Anudarse y desanudarse. Vestirse y desnudarse. Reír y llorar. Mi estabilidad radica en el cambio más o menos constante. Hay otras cosas más o menos constantes. Y deseo que sigan así. En cambio hay otras… Decisiones. La elección prepara la estabilidad y la estabilidad prepara la elección y, de mientras, las cabezas bailan al son de un ska. Y bailar en ocasiones está bien; en ocasiones no está tan bien; en ocasiones, finalmente, produce mareos. También hubiera estado bien quedarse sentado en el sillón, sin bailar. ¡Que bailen otros!
¿Y qué narices querré decir con este post? ¿Está complicado, eh? Simplemente que tengo deseos, y que quiero verlos realizados. Y que los sillones sean para los reyes y los marqueses.
¿Café?
Pasan los días y las horas. Se acerca de nuevo el inicio y el fin de los ciclos. Aún no sé muy bien si acaba bien o mal, y menos aún si empezaré bien o mal. Lo que sí sé, en principio, es que llegará ese inicio de ciclo, ese inicio de otro año más, como siempre en el mes triste de noviembre. Después de los capuccinos estoy probando el café con Colacao… mmm… No sé, no sé, no acaba de convencerme. Tampoco me convence gastarme 50 € cuando sólo tengo 20… Aun así… rapiñando, rapiñando, ya me faltan menos euros. ¡Qué gracia eso de pedir dinero! A ver si me acostumbro, que es más fácil que tener que trabajar.
¡Mecachis! Ahora ya no puedo acabar de disfrutar con el café con colacao: se me cayó. No sé si es el patosismo que me caracteriza o los nervios en los dedos… Pero iré a por un trapito, no sea que los profundos pensamientos hagan que esto se enganche a la mesa, al cd y al suelo y luego tenga que usar la fregona.
(277 horas sin fumar)
Tres días
La batalla ha concluído. Las tropas invasoras, muy debilitadas, permanecen al norte de mi posición aunque ahora mismo no presentan ninguna amenaza seria. Lo que hay que hacer en estos momentos es curar las heridas y contabilizar bajas. Estoy en ello. Lo malo del final de las batallas son las pesadillas. Hoy he tenido una, la cual no describiré para no abrir viejas heridas ni crear de nuevas. Lo malo de las batallas es no saber en dónde se libran. Lo malo de las batallas es tener que luchar en ellas. Lo que sí está claro es que no me hacen ser más fuerte ni estar más preparado para la siguiente. Pensamos que lo negativo que sucede en nuestras vidas es útil para hacer frente a posteriores enemigos. Útil, tal vez, pero nunca el haber pasado antes ya por ello nos hace inmunes. No por tener muchas pesadillas vamos a dejar de sufrir y sudar en la siguiente. El dolor es universal. Ante ello, la calma y, un viejo truco, saber de antemano que no puede durar para siempre.
Mi lecho, que no de muerte, permanecerá en su viejo sitio aguardándome. Él me curará y él me inflingirá dolor. Pero estará allí. Siempre lo estará si yo lo deseo, y siempre quedará borrado del mapa si así lo pretendo. Pero hoy, de momento por hoy, me aguarda.
Dependencia
No funciona demasiado bien esta cabeza mía durante esta semana. Las circunstancias -más un poco de ayuda por mi parte- parece que hacen que esto sea así y que el acceso a los pensamientos tenga que hacerse a través de un minúsculo agujerito, por el cual la información que saco del cerebro resulte mutilada, incompleta o tergiversada. No obstante, necesito escribir esas ideas inconclusas.
Siempre he pensado que tengo miedo al fracaso, pavor al lanzarme a la piscina por si veo -tarde- que no hay agua. Los éxitos conseguidos a lo largo de mi vida me justifican a mí mismo ese terror inexplicable. Esta semana parece que he conseguido poner en claro ciertos pensamientos y sacar teorías -personales, por supuesto. Resulta que no le tendría miedo al fracaso, sino a la dependencia. Resulta que no le tendria miedo a tirarme a la piscina, sino a la necesidad de hacerlo. Cuando uno tiene esa necesidad, el miedo a que haya o no haya agua es secundario. Por supuesto, los efectos de la ausencia de agua vendrán luego, como sus efectos en caso contrario. Podría pensar que si me lanzo y no hay agua no hay ningún problema: no me lanzo una segunda vez y todo solucionado; pero sería esa necesidad la que me obligaría a tirarme de nuevo. Romperse la cabeza una vez no es malo; es malo pretender rompérsela de nuevo.
Soluciones a eliminar la necesidad: no volver a pisar una piscina. Mis huídas, siempre según esta teoría, no se basarían en el dolor, sino en el rechazo a una dependencia, llamémosla “x”, o posible dependencia futura. Y todo ello va unido a mi obsesión por la libertad -la mía y la de los demás. Siendo dependiente de algo, ejemplo claro del tabaco -por suavizar las cosas, no se es libre. La libertad se basa en el deseo y en la realización de ese deseo, no en la necesidad de su realización ni en la necesidad del deseo en sí.
¿Y por qué miedo a la dependencia? Volvemos entonces a empalmar con el principio: el encarcelarme y no poder tener esa piscina de la que tanto necesitara podría volverme medio loco -en el sentido peyorativo, por supuesto. La piscina se convertiría no en un deseo ni tampoco en una necesidad; se convertiría en una obsesión -siempre supuestamente, claro. Y la obsesión puede generar violencia, terror, miedo, odio, crueldad, etc.
Claro que dudo bastante generar violencia, terror… debido a mi carácter escurridizo cuando llega la ocasión, pero lo que es indudable es que dentro de mí se gestarían tormentas implacables que señalarían a un exilio, para no devastar campos y ciudades enteras. Y conclusión: todo lleva al mismo punto.
La dependencia me da miedo, el fracaso también. La huída me da miedo, la permanencia también. El deseo me da miedo, el pasotismo también. Yo me doy miedo, la gente también. Parece ser que estoy más loco de lo que pensaba antes de comenzar este post. Espero no generar locura cuando sea leido. Hasta aquí llega el comentario de hoy; probablemente, y gracias a la almohada, mañana cambiarán en mi mente estas ideas de esta semana. Así que me las tomaré como un comentario tonto de algo que ni tan sólo puedo explicar pero que he necesitado de ciertas palabras para querer decirlas, que aún no sé muy bien qué es, pero que menos quiero obsesionarme con ellas. Que tampoco lo hagan los lectores, no merece la pena; sólo es un producto de la imaginación de cada uno.
P.D: Huya o no huya, pase lo que pase, sigo deseando.