Archivo de la categoría ‘Alegrías’
A mi manera
Aprendo de la gente a ser mejor o a conocer más cosas. Vengo a ser como una sanguijuela que chupa lo que cree que puede ser interesante. Y en un pasado le chupé mucha sangre a los murciélagos. Como si fuera un Ozzy renacido, me quedaba apasionadamente con la sangre de los mamíferos alados, en todos los sentidos. Y me producía gran placer. Y aprendí tantas cosas… Quizás lo que más aprendí fue a abrir mi mente, en todos los aspectos, y a tomarme menos aún en serio a quienes se toman demasiado en serio. Nuestro pasado siempre son los buenos tiempos, con la diferencia que, esta vez, también han sido buenos tiempos el presente.
Este fin de semana ha sido una continuación de aquello. Hacía unos 4 años que no bajaba a Sevilla, y parece que la última vez hubiera sido el mes pasado. Hay cosas que no cambian. La idiotez es quizás de las cosas que menos cambian; todo lo contrario: se agravan con la edad. Y a nuestras edades, la vergüenza va desapareciendo… Lo suficiente como para estar bailando Oliver y Benji y el Chikichiki, o pumbapumba en la calle.
Lo suficiente como para acercarme de nuevo a mi propia libertad. Esa misma en que ocasiones duele.
Fin de semana feliz, como los últimos fines de semana, con la diferencia que esta vez he vuelto a coger un tren y me he ido lejos. El lugar es lo de menos; los sentimientos, no.
El sueño me importa ahora más que hace 4 años…
El tercero
En unas horas vuelvo a coger un tren. El destino no es el que quería en un inicio, pero no es un mal destino. Tengo ganas de ver por la ventana de un tren, de pasarme un montón de horas con el traqueteo, de despertarme -si duermo- con dolor en todo el cuerpo y con cara de tonto y los pelos alborotados.
Necesitaba salir de casa este fin de semana. Quedarme aquí hubiera sido quizás demasiado duro. O no, quién sabe. Ya es el tercer fin de semana consecutivo que hago cosas y me siento activo. Estoy contento.
Vuelvo a ir cogiendo las riendas de mi vida. Eso me alegra. Lo malo ahora es que los fines de semana pasan rápido y de nuevo llega enseguida el lunes.
Lo importante ahora es saber que este fin de semana estaré desaparecido. Ya escribiré una crónica del viaje, que me estoy aficionando a hacerlo.
Un olor especial
Hay una época durante el año, fugaz, en la que puede saborearse un olor especial. No sé exactamente cómo explicar un olor, nunca he sabido, pero viene a ser un olor a florecimiento, a agua de mar saltando entre olas, a nuevas buenas noticias, a un abrazo sincero.
Es un olor que me hace sonreír, un noséqué que quéséyo… Pequeños momentos en los que da gusto estar en la terraza de algún bar, tomando café. Hoy he tardado más en hacer mis quehaceres. Tenía que disfrutar de ese aroma a nuevo, de esas vitaminas vitales que dan mucho más sentido a esa cosa rara de seguir vivo.
Lo malo es que esa fragancia es igual de fugaz que el rocío. Y hay que saber aprovechar el momento en el que comienza, pues no dura mucho y el sentido olfativo acaba por acostumbrarse. Esos minutos de más disfrutando de un olor…
Benditos olores. Y eso que soy fumador y tengo el sentido medio atrofiado… Pero benditos olores.
Una procesión de Semana Santa

¿Y si acabas dándote cuenta de que tus peores pensamientos, los que rigen el resto del día y el resto de vida, carecen de fundamento y son irreales? ¿Es posible retomar unos nuevos pensamientos libres, empezando de cero, sin volver a los miedos y a las convicciones pasadas?
Esta semana santa marcará un antes y un después de lo que vendrá, aunque desconozco exactamente qué sucederá, salvo conjeturas. Necesitaba convencerme de que las posibilidades no desaparecen porque quiera compadecerme de mí. Las posibilidades desaparecen cuando cerramos la puerta con llave y no permitimos ni la entrada ni la salida a la esperanza.
Sé lo que me escribo, aunque me cueste entenderlo. El último peaje ha quedado atrás y ahora sólo queda un largo camino en una autovía libre, gratuita y sin muchas curvas para evitar mareos. Lo único, quizás, es el largo camino, el camino que hay que ir haciendo a cada segundo, a cada momento, continuamente. Sólo tengo que mover los pies, pelearme en la cocina y querer. Sólo eso.
Y tengo una dulce sensación de haberme vencido. De haber vencido lo indeseable, aunque deseable durante tan largo tiempo. El huevo de pascua se ha abierto y no han aparecido ni pollos ni ballenas… ha aparecido una posibilidad feliz de futuro.
De destinos
En ocasiones podemos sentirnos algo afligidos pero siempre, tarde o temprano, aparece algo nuevo que hace que solventemos algunas dudas y que podamos dormir más plácidamente. Una charla con un desconocido, un encuentro fortuito, comprar…
Pero para que sucedan esas cosas hay que salir de casa. Y cerrar la puerta una vez fuera. Y sonreír esperando disfrutar de lo que le dé en gana al destino.
La post-…
Regreso a casa, con pocas ganas, pero quizás necesario para volver marchar. Replanteamiento de mi futuro a corto plazo. Ni falta hace decir que no sé qué hacer, la situación no sé hasta que punto es complicada y no sé hasta que punto puede manipularse a mi antojo. Pero fijándonos simplemente en mi viaje, he de decir que estoy muy contento. La oscuridad hace tiempo que ha desaparecido -aunque sea posible a nivel teórico regresar a ella- y puedo decir, aunque con vergüenza, que vivo habitualmente neutral y que ciertas situaciones, como este viaje, hacen que pueda afirmar que soy feliz. Lo malo es que no estoy saciado. Quiero más, mucho más.
No quiero escribir más cosas sobre la post. Me las reservo para mí. Simplemente decir que estoy muy contento y con ganas de volver a salir.
Llega la navidad…
Llevo casi todo el día intentando escribir algo acerca de la Navidad. No se me ocurría nada que acabara de convencerme, así que empiezo a escribir, que ya saldrá algo.
En Navidad todos estamos contentos, huele a felicidad por doquier, las familias se juntan de nuevo alrededor de la mesa y las iglesias llenan sus cuevas con feligreses obedientes…
Aprendí hace tiempo a no increpar a nadie que quisiera celebrar la navidad, permito a las personas que jueguen a sus costumbres y no censuro sus opiniones. Pero la navidad no me deja tranquilo.
No quiero publicidad, no quiero sorteos especiales de lotería, no quiero reyes ni papanoeles, no quiero cenas con gente que no me cae del todo bien y que no olvido por ser familiar. No quiero paz, ni oro ni incienso ni mirra ni hostias. A lo mejor si tuviera vacaciones pensaría de otra manera.
Pero hay una cosa que sí quiero esta navidad, y creo que la voy a tener. Quiero una navidad a mi medida. Una chimenea que se enciende, el calor de dos cuerpos que se unen, la pavesa que enciende la madera y quema lo que no se desea. Mi Navidad. Mi propia felicidad navideña. Está llegando…
Felices…
Podría empezar a escribir cosas del tipo “cómo pasa el tiempo…” o “parece que fue ayer cuando…“; podría deprimirme y, en consecuencia, opinar acerca de la fragilidad de los segundos. O también podría hablar sobre la presión social sobre la edad -esas cosas maternas de “yo, a tu edad, ya…“… pero hoy no me da la gana.
Hoy sólo a disfrutar de los 31 años de recuerdos en la mochila y de los deseos que irán entrando en ella.
¡Felicidades!
Sale el Sol
Voy quitándome las sempiternas legañas que amanecen día tras día conmigo. Cargo la cafetera y la pongo en el fuego. Mientras espero Febo acompaña a Helios a hacer la ronda. Van iluminándose las flores, el mar, los árboles… Los ciudadanos se dejan embriagar por la luz que les ataca. Cierran un poco los ojos. El Paraíso.
Abro las cortinas y entra en mi caja de cerillas una sensación de placer, de satisfacción, de felicidad. Todas las dudas, los miedos y las preguntas se resuelven con la llegada de la luz. Esperanza. Quizás uno puede llegar a ser feliz más fácilmente con los rayos de Sol.
Gora San Fermín
Empiezan las fiestas por excelencia. Unos días de toros -sólo son una excusa- de kalimotxo y de buen rollo. Tuve el enorme placer de conocer esas fiestas y me dieron la impresión de ser la madre de todas las fiestas. Es cierto que por cuestiones fisiológicas mi memoria no acaba de descubrir dónde están algunos archivos referentes a esos días, pero sí recuerdo ciertas sensaciones.
Lo que no entiendo es que si bailas, bebes y haces un poco el idiota en San Fermín, la gente se apunta. Si lo haces en otro pueblo los que se apuntan es la policía. Cosas raras. Algunos critican que en San Fermín se fomenta el alcohol… lo corroboro. ¿Y qué?
Ahora me toca levantarme prontito para ver el encierro lejos de los borrachos, de ikurriñas, de euskal presoak y de los toros. Es una lástima no estar allí este año. La verdad es que me cuidaron muy bien, no permitiendo que mi vaso quedara vacío e indicándome dónde narices estaba el coche.
GORA SAN FERMÍN!