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De omisiones interesadas y de sueños desinteresados
Consciente o inconscientemente no he querido celebrar el cuarto aniversario del inicio de mis últimos grandes cambios. Durante el último año han cambiado, eso sí, algunas pequeñas cosas, cosas que, aunque a regañadientes, me han dado esperanza. Esa esperanza que tanto daño produce.
No obstante, aunque yo no haya querido acordarme, esta noche ha venido a visitarme la pequeña oveja negra y ha querido que siguiera cabalgando sobre ella o junto a ella. Tenía un pelaje precioso y, aunque tenía muchas ganas de acariciarla, no la he tocado. Sólo deseaba observarla, estar allí, con ella. Al menos, hasta que el sueño llegara a su fin.
Éste ha llegado y el nuevo día ha comenzado.
Me he levantado feliz y contento, sin rencores, sin miedos. Sólo feliz y contento por esta agradable visita nocturna.
Una sola noche
En ocasiones una sola noche es suficiente para que todas las convicciones del día anterior desaparezcan y se transformen en algo muy diferente a la fe profesada hasta ese día.
Y no sabemos el porqué o no miramos lo suficientemente adentro para recibir, en nosotros mismos, ese mensaje con las soluciones y las posibles respuestas. En ocasiones, tampoco somos capaces de recibir las preguntas, ni de enviarlas a quien corresponda.
Simplemente las sensaciones se suceden, las alegrías y las tristezas, las borracheras y las resacas, los miedos y las osadías, las pataletas, los absurdos, los recuerdos y reflexiones, las sumisiones… Todo va sucediendo a todo, en un baile difícil de coreografiar, difícil de planificar, difícil de esperar.
Es entonces cuando recuerdo, de nuevo, que siento.
Es entonces cuando recuerdo, de nuevo, la maravilloso que resulta sentir.
Es entonces cuando las sensaciones se encarnan y la carne se torna esencia.
Habrá siempre girasoles…
“Habrá siempre girasoles. Los llevarás por la calle, andando, feliz y orgulloso. Es así como te veo”.
(Una frase, en una ocasión, en un momento).
En los momentos de duda siempre acostumbro a hacer dos cosas: consultar el diccionario de la RAE y mirar atrás.
Eso me ayuda a recordar quién soy y adónde voy.
Una de las mejores fotos de estos días…
(Foto tomada el 20/05/2011 en la acampada de Murcia por Sergi MD. Licencia Creative Commons Attribution)
Satisfacción
Algo extraviado ha regresado a mis desnudas manos. Algo que no esperaba ha subido por mis brazos, por mi pecho, por mis hombros, por mi cuello. Se ha parado en mis labios, y a mis oídos ha susurrado muy bellas palabras. Palabras de agrado, de recompensa y gozo. Mi cuerpo se ha estremecido de placer, y he tenido la necesidad de estirar los miembros para no agarrotarlos, sintiendo en cada milímetro de piel el contacto con la satisfacción.
El tiempo es aciago, pero la visita de Afrodita, en las noches lluviosas de verano, crea un baile dionisíaco y orgiástico de sensaciones, olores y placer, que desemboca en una parada técnica del reloj. Durante unos minutos, las manecillas no prosiguen con su mareante obligación. Durante unos largos minutos, el tiempo se detiene para contemplar la belleza.
Durante esos eternos minutos nada más tiene importancia.
Los sueños no son sólo sueños
Esta noche ha venido alguien a visitarme en sueños. Era un antiguo amigo, una persona muy apreciada para mí. Él, como yo, tomó la decisión drástica de desaparecer, de irse lejos y empezar de nuevo. Empezar de nuevo a hacer las mismas cosas de siempre.
Como todo sueño, la imagen era muy confusa, distorsionada. Llevaba una camisa horrible y una corbata. No recuerdo mucho más.
Pero esta pequeña historia ha traspasado las barreras del sueño. Unos minutos después de levantarme ha sonado el teléfono. Era él.
No llevaba corbata.
Una pequeña excepción
Este último año ha sido tan especial para mí que no sé todavía por dónde empezar a recordar. Acababa el año pasado con camisetas negras heavys y comenzaba éste con camisas y pantalones de Pepe Jeans. Me he enamorado de nuevo, convencido de que eso del amor no existía; me he decidido irme solo a explorar otros países, a la aventura; he conocido, muy bien acompañado, algún pueblo entre montañas y alguna gran ciudad; he vuelto, después de unos cuantos años, a mi adorada Sevilla; he aprendido italiano; he conocido nueva gente, gente muy especial que perdurará en algún lugar entre aurículas y ventrículos; he pasado por dos trabajos y por dos prestaciones por desempleo; se han enamorado de mí; he tenido que apañarme en casa solo, aprendiendo a limpiar en serio y a fregar platos de forma más asidua, y no podría olvidarme de lo mucho que he aprendido en la cocina y en el supermercado; he vuelto a saborear la increible sensación que se siente al hacer el amor con quien se desea sincera y pasionalmente; me han robado, de nuevo, la bici; he bailado en discotecas, con alevosía, nocturnidad y mucho de lujuria; me han venido a visitar a casa personas maravillosas, cuando más lo necesitaba; de tantos grupos musicales que tenía, al final me he quedado sin ninguno; he sufrido vértigo y he vuelto a padecer insomnio; me ha acabado gustando Barcelona; he retomado la afición de devorar libros y resolver sudokus; he vuelto a llorar y a hacer páginas web y cobrar por ello; hasta hoy, no se me ha olvidado ningún cumpleaños -benditas agendas- y es el año que más gente me ha felicitado para el mío -aunque de regalos ni uno, panda de roñosos…
He hecho tantas cosas este año y he sido tan feliz… Me resulta mucho más fácil escribir acerca de forma melancólica, seria, deprimente y depresiva que de cosas felices. De ahí la pequeña excepción al escribir algo sobre lo cual no estoy demasiado acostumbrado, y de ahí su pobre calidad literaria. En resumen, 2008 lo recordaré como uno de los años con mayores sensaciones, emociones, deseos, pasiones y con grandes altibajos emocionales, así todos juntos, de mi vida. Me agrada mucho recordar sensaciones y olores. Gracias a todos y a todas que lo habéis hecho posible.
Lo mejor de todo es que aún no ha acabado el año y, probablemente, lo acabe en otro continente. El año que viene… no sé. Espero seguir sintiéndome vivo, aunque sea sólo recordando.
Un día tranquilo
-Se respira un ambiente de tranquilidad y de paz que me llenan un poquito más el espíritu (ese que no tengo). Apenas queda gente de vacaciones (sí, en mi pueblo hay gente de vacaciones prácticamente hasta noviembre). Y el mar suena agradable, cariñoso, como si quisiera que le acariciaran el lomo. Ha aparecido la Luna en su máximo esplendor y me he dado cuenta de que hacía demasiados meses que no me fijaba en ella. Hacía muchos meses que no disfrutaba de la paz de hoy.
Ha sido un día agradable para mí. Aún resuenan entre mis neuronas (esas que tampoco deben abundar) las palabras de mi madre de ayer “busca la felicidad que yo no he sabido encontrar“.
Aún me quedo en silencio cuando las recuerdo, sin saber qué responder, como ayer cuando las escuché.
Mi madre lleva casi 11 años esperando a que vuelva de nuevo a su casa -aún tengo la cama y la habitación en el mismo sitio. Sin embargo también quiere que vuele, que marche bien lejos. Sabe que no podría ser feliz en su casa -aún la llamo “mi“- y menos en esa ciudad. Quiere que yo tenga una oportunidad.
Esa mi oportunidad también es la suya.
Hoy he iniciado unos trámites. Ahora sólo es cuestión de tiempo (de ese sí que tengo)…
Como decíamos ayer…
Prosigue su pausado camino el Eterno Retorno. La ruta circular ha hecho que vuelva a estar en un lugar en el que ya había estado antes.
Estoy sin trabajo. Eso me ha permitido liberarme de otra de mis pesadas cargas. Y apenas tengo ahora peso en la mochila. Perderlo todo, no ser dependiente y no necesitar nada es una muy buena manera de sentirse libre -ni necesitar comer, como decía Estefano en Vicenza-. Y ahora me siento libre, sólo conmigo, sin nada más.
Un nuevo mundo, lleno de oportunidades -y cagadas, claro-, se asoma desde la línea del horizonte. Valoro opciones, a cada cual más loca. Aún tengo tiempo de hacer locuras. Analizando, analizando, creo que intentaré llevar a la práctica una de esas locuras. De todas formas aún tengo que pensármela bien. Supondría un cambio demasiado radical. No sé si estoy preparado. No obstante, no tengo absolutamente nada que perder.
Una ligera brisa acariciaba mi cara y hacía que mis cabellos se movieran ligeramente, al ritmo que marcaba el suave viento. Sentado en la arena, desnudo, a orillas del mar, el sol iniciaba su ruta. Amanecía.
Brujas de agosto
Anoche, cuando las brujas comenzaban a despertarse y a hacer desaparecer misteriosamente sus legañas -son brujas, no necesitan dedos- hasta que salían de sus casas montadas en sus escobas, el espejo comenzó a reflejar imágenes algo distorsionadas. Visiones muy reales traspasaban el cristal de la fantasía y se iban introduciendo en mi cuerpo a través de todos los pequeños poros de la piel. Me dejé llevar, por supuesto.
Tiempo y espacio se mezclaban en esa visión. Aún no sé si era realidad o era sueño. Escuchaba voces lejanas, leía letras confusas que, en ocasiones, formaban palabras, palabras sin eñes, sin acentos agudos y con faltas ortográficas. Esa es la grandeza de las ilusiones, sin normas ni gramáticas. He tardado un sueño y dos cafés en comprender esas imágenes.
Y ahora que las he comprendido, puedo afirmar que anoche, en esas horas brujas, fue la noche más feliz de agosto.

