Cabalgar


caballero Unos débiles toques de prima se escuchaban en la lejanía. El caballero iniciaba el regreso a casa pero, como acostumbra a suceder en estos casos, después de las 24 lunas y de las vastas zonas de terreno recorridas, el lujoso castillo y la gran cantidad de terreno dedicado principalmente a la caza y al cultivo, ya no existían.

Tan absorto en la consecución positiva de su misión se había olvidado de sus posesiones. A su regreso, no le quedaban pertenencias, no tenía fieles sirvientes ni abnegados campesinos. Lo había perdido todo. Su lujoso castillo a orillas del Mediterráneo yacía en ruinas, sólo piedras amontonadas. Ni torreones, ni atalayas, ni nada.

Nada. Sólo un padre enfermo yacía en un viejo lecho.

La necesidad de habitar en una nueva morada y de continuar con su propia búsqueda de la felicidad hizo que el caballero iniciara un nuevo lance. Deben existir muchos dragones malvados a los que matar y princesas cautivas a las que liberar.

Y empujado por las leyendas populares ensilló su caballo y se dirigió más allá de Locronan y de la bahía de Trépassés, donde el barquero viene a llevarse a los muertos. Atravesó Carnac y llegó, finalmente, a Lutecia.

Allí conoció la leyenda de otra princesa cautiva a la que liberar y se dispuso a la nueva aventura.

 

Pero esa…

… esa es otra nueva historia.


Un comentario para “Cabalgar”

  • Celtha dice:

    si pudiera, todas las salidas conducirían a un olvido infalible de mí. Las cosas que escribes me dejan la seguridad inequívoca de que no existes tal cual los demás te ven. Hace tiempo tus batallas te han conducido hacia brazos espinozos y traidores, de los que te liberas para dormir cansado.
    No dejes de escribir. No dejes de tejer hilos que nos unen más que pasiones o roces hipócritas.
    No dejes de escribir.

Deja un comentario