Archivo de Septiembre de 2009

Cabalgar

caballero Unos débiles toques de prima se escuchaban en la lejanía. El caballero iniciaba el regreso a casa pero, como acostumbra a suceder en estos casos, después de las 24 lunas y de las vastas zonas de terreno recorridas, el lujoso castillo y la gran cantidad de terreno dedicado principalmente a la caza y al cultivo, ya no existían.

Tan absorto en la consecución positiva de su misión se había olvidado de sus posesiones. A su regreso, no le quedaban pertenencias, no tenía fieles sirvientes ni abnegados campesinos. Lo había perdido todo. Su lujoso castillo a orillas del Mediterráneo yacía en ruinas, sólo piedras amontonadas. Ni torreones, ni atalayas, ni nada.

Nada. Sólo un padre enfermo yacía en un viejo lecho.

La necesidad de habitar en una nueva morada y de continuar con su propia búsqueda de la felicidad hizo que el caballero iniciara un nuevo lance. Deben existir muchos dragones malvados a los que matar y princesas cautivas a las que liberar.

Y empujado por las leyendas populares ensilló su caballo y se dirigió más allá de Locronan y de la bahía de Trépassés, donde el barquero viene a llevarse a los muertos. Atravesó Carnac y llegó, finalmente, a Lutecia.

Allí conoció la leyenda de otra princesa cautiva a la que liberar y se dispuso a la nueva aventura.

 

Pero esa…

… esa es otra nueva historia.

Recuerdos

ovejanegra … y ya han pasado dos años…

Opciones

azotes Lejos de mi ex-hogar. Sin tener demasiado claro qué hacer ni qué deshacer. Escuchaba música, ese tipo de música que fabrica pasados mejores y que obliga a cerrar los ojos y pensar.

¿Y ahora qué?

Abatido…

Todo sería más sencillo si tuviera detrás una fusta que me obligara a andar más rápido, más lento, hacia la derecha o hacia la izquierda. Incluso pararme. Quizás todo es más fácil cuando somos unos simples autómatas haciendo lo de siempre. El problema es que no quiero ver ese látigo que me azota y deseo creer que soy libre.

Quizás aprendí a convivir con el arte del azote y en ocasiones no soy consciente de su existencia.

Pero no se trata de tomar una decisión. Como siempre, ya está tomada.

Por lo menos sé que “todo va a salir bien”. Afortunadamente, hoy me creo esa simple frase. Y lucho para no volver a caer en los mismos errores. Hay un pequeño brillo esperanzador de felicidad y salvación.

(Imagen: Portada de El arte del azote, del genial Milo Manara).