Mis cómics ya no son como los cómics

Me gustaría ser un héroe. Me gustaría saltar por la ventana con algún disfraz ridículo y un gran antifaz negro y darle su merecido a quien lo merezca. Sería feliz sabiendo que soy un defensor de la justicia y de la bondad, ajustando cuentas con quienes se atreven a inundarlo todo con el mal. Un héroe bueno, justo, equitativo, con el fin último de dar un sentido a esos mismos adjetivos.

De niño -y no tan niño- siempre soñaba con eso. Soñaba con que era un héroe. Eran prácticamente mis únicos sueños o, al menos, los únicos que recordaba por la mañana. Y el sueño finalizaba con un gran beso entre el protagonista -yo mismo- y la chica, que siempre tenía que haber una.

Soñaba todo esto y me sentía feliz. Pensaba que algún día, cuando fuera mayor, podría defender a quienes menos tienen, podría defender la justicia y poner mi granito de arena para que el mundo fuera a más y mejor -y los besos, claro.

BesoPero, aún sin haber conseguido ser mayor del todo, me he dado cuenta de que el cómic que dibujo y escribo a medida que me van sucediendo las cosas, no es como los cómics que leía de niño.

En mis cómics ya no hay héroes. Ni héroes ni princesas. En mis sueños, tampoco. La justicia brilla por su ausencia y las chicas sólo dan besos a cambio de dinero. El brillante y bonito -aunque ridículo- traje se ha convertido en un par de tejanos raídos y en alguna camisa sucia y maloliente, y con algún agujerito de cigarrillo, o con algunos.

Mis historias ya nada tienen que ver con la defensa de los afligidos. El protagonista ya no recibe besos agradecidos, ni consigue a la chica. Tampoco salta por la ventana. Ahora son los malos los que suben a la ventana para robarle algo al héroe. Apenas come, apenas duerme, apenas sale de casa…

En mis historias, el héroe, en lugar de ir a buscar la acción, se queda en su casa esperando a que alguien la traiga, aunque nunca suene el timbre de la puerta. El héroe se queda horas mirando por la ventana, para que pueda ver inmediatamente en el cielo una señal de llamada. Y también se mira al espejo. Habla con su imagen reflejada. Le pregunta qué es lo que debe hacer. Nunca obtiene respuesta. Mi héroe piensa todos los días en si no sería mejor para todos colgar las botas, condenarse al ostracismo y no regresar jamás.

Pero, con todo esto, el héroe aún tiene la maldita esperanza de que quizás algún día pueda volver a soñar con que es un héroe.

Y yo tengo la maldita esperanza de que quizás algún día pueda volver a dibujarlo.

Y los besos, claro…

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