Un maldito vaso de vino


Salí a la terraza a beberme una cerveza y a fumarme un cigarrillo. Luego vino una segunda cerveza y muchos más cigarrillos, pero esa es otra historia. Pensaba. Sólo pensaba y disfrutaba de mis pensamientos.

Desde joven la gente me acusa de pensar demasiado. Llevo muchos años aguantando estas impertinencias. Llegó un momento en el que ya dejó de importarme, pero esa también vuelve a ser otra historia. Ahora me gusta pensar eso de “ande yo caliente…”. Pienso de la misma manera por la que escribo: porque puedo y porque me da la gana. Me monto historias mentales porque quiero y porque creo que, en parte, lo necesito. Necesito dar vueltas a todo lo que veo, a todo lo que percibo, a todo lo que siento. Necesito racionalizarlo todo, entenderlo, comprenderlo, aceptarlo.

El entendimiento es la única manera que tengo de aceptar todo. Y lo jodido es que se me da muy bien.

Creo que me abriré una maldita botella de vino, una de las 3 que tengo en casa desde hace tanto tiempo. Una de las que tanto he tenido ganas de compartir con alguien -nadie en especial, sólo alguien que quisiera compartir un maldito vino conmigo- y que nunca ha sido posible. Me doy cuenta de que nunca va a ser posible. El vino, como la esperanza, empezará a desaparecer esta noche de la nevera.

Y la nevera podrá estar vacía, de nuevo, como antes de que aparecieran esas malditas 3 botellas.


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