Nunca
–No me estoy haciendo las preguntas pertinentes. No soy capaz, de momento, de encontrarlas. Las preguntas impertinentes que sí vienen a mi mente obtienen unas respuestas poco claras, confusas y, sobre todo, sangrantes, de incomprensión, rabia y autocompasión.
No estoy en mis mejores momentos y, pese a intentar seguir caminando, mis piernas flaquean, tiemblan, no son capaces de soportar el peso que tienen sobre ellas. Caen. Pasado un descanso vuelvo a levantarme, ayudado fundamentalmente por los gritos de ánimo de compañeros virtuales, y prosigo mi camino pero, débil, no tardo demasiado en volver a caer. Es demasiada la carga. Y voy añadiendo más y más peso. Y más y más heridas…
La situación se está volviendo algo insostenible. Necesito hallar esas preguntas pertinentes que consigan unas respuestas claras. El problema radica en que me cuesta saber dónde encontrarlas. Las busco encerrándome en casa, jugando a ser dios; las busco aislado entre la multitud de los bailes y el alcohol; las busco entre los placeres de la nocturnidad y el insomnio…
Y creo encontrar una respuesta. Pero no me gusta. Quizás no quiero encontrar esas preguntas y por eso me dedico a responder preguntas sin sentido. Quizás no quiero encontrar esas preguntas ahora y por eso las disimulo con dolor, que es una forma eficaz de mantener las cadenas, como la esperanza, a la que tanto odio y a la que tanto me aferro.
Pero aún tengo esperanza.
Hace casi un año dejé de emplear la palabra nunca.