Brujas de agosto
Anoche, cuando las brujas comenzaban a despertarse y a hacer desaparecer misteriosamente sus legañas -son brujas, no necesitan dedos- hasta que salían de sus casas montadas en sus escobas, el espejo comenzó a reflejar imágenes algo distorsionadas. Visiones muy reales traspasaban el cristal de la fantasía y se iban introduciendo en mi cuerpo a través de todos los pequeños poros de la piel. Me dejé llevar, por supuesto.
Tiempo y espacio se mezclaban en esa visión. Aún no sé si era realidad o era sueño. Escuchaba voces lejanas, leía letras confusas que, en ocasiones, formaban palabras, palabras sin eñes, sin acentos agudos y con faltas ortográficas. Esa es la grandeza de las ilusiones, sin normas ni gramáticas. He tardado un sueño y dos cafés en comprender esas imágenes.
Y ahora que las he comprendido, puedo afirmar que anoche, en esas horas brujas, fue la noche más feliz de agosto.