De delirios de Venganza y Honor
–No puedo dormir. Eso no es ninguna novedad. Desde hace un tiempo suelo tener problemas de sueño. Antiguamente también los tenía. Lo único visible mañana serán las ojeras, así que tampoco es tan grave. Lo que no se ve sólo existe en mentes de enfermos, retorcidos y suicidas.
Hace unos meses que no recuerdo lo que sueño, pero en las dos últimas semanas he vuelto ha recordar pequeños fragmentos de sueño. Es muy poco tiempo lo que recuerdo, apenas unos segundos, si llegan al segundo. Me duelen. Son como pesadillas de tema repetitivo y molesto; y en seguida me despierto, con una sensación de ansiedad. Sudando, por supuesto, como en un buen delirio. El pasado no quiere dejarme ir. No me permite mirar hacia adelante, no me permite coger completamente las riendas de mi vida, aunque sea tan sólo unos segundos para, de nuevo, volver a perderlas.
Y pienso en Venganza. En la recuperación de eso que es mío pero que todavía no tengo en mis manos. Me han humillado gravemente. Han mancillado mi buen nombre. Han tirado de mi brida, han maltratado mi caballo y ensuciado mi capa. Es solamente una cuestión de honor. Y si es una cuestión de honor será porque soy un caballero. Un caballero, debo añadir, que desearía no serlo.
Pero Venganza tiene sus propias reglas y han de cumplirse. Las reglas son las reglas. Una cosa es la venganza y otra, muy diferente, la estupidez. No voy a pagar la caloña. No voy a transgredir sus normas.
Aunque ateo, juro -por imperativo legal- defender la verdad. Escucharé misa y, con lanza, espada, escudo, loriga, yelmo y brafonera esperaré al amanecer. Tres días estaré allí. Al tercer día, y si no resulto vencido, se considerarán probadas mis palabras.
Mi Venganza se habrá consumado y podré, entonces, perdonar.