La clásica post- de todas las salidas
–El doble viaje de estos últimos 7 días llegó ayer a su fin, cuando pude llegar casa y, aunque parezca poco importante, dormir en mi cama, y con mi almohada. Pensaba en qué escribir como post. Llevo dos días pensándolo. No lo tengo aún claro del todo.
Podría escribir acerca del maravilloso viaje, porque realmente lo ha sido; detallar anécdotas y peripecias varias, agradecer este viaje. Podría incluso hacer un oda al egoísmo y al orgullo, o escribirlo simbólicamente, como en Cárcel de amor.
También podría escribir acerca de los deseos. De la finalización de uno de ellos y de la continuación de otro. Podría hablar de tantas cosas…
Y no sé ni cómo hacerlo ni de qué hacerlo… Tampoco tengo muy claro por qué tendría que hacerlo.
Dos días en casa han sido suficientes como para saber qué es lo que me gustaría, qué es lo que deseo y quiero con todas mis ganas. Y suficientes también como para estar convencido de que no puedo conseguirlo. Cuando he explicado mi viaje, cierta gente me ha dicho que soy muy valiente… Yo creo todo lo contrario.
Hubiera sido más valiente si me hubiera quedado en casa durante las dos semanas de vacaciones. Esa habría sido una opción valiente y, como todas las osadías, cargada de estupidez. He escogido, creo, la opción menos estúpida. Y me ha servido. Y mucho.
Me quedaría con dos cosas importantes. Pero, en estos momentos, sólo pienso en cómo superar el síndrome post-vacacional y en mis próximas actividades, porque ya las tengo pensadas. Lo importante es estar más o menos activo.
No quiero tener que escoger la opción más estúpida. Quiero volver a recuperarme económicamente y hacer otra salida. Quizás a Italia sur, quizás a Marruecos, quizás a Mataró, quizás de nuevo al interior…
Y sé que he resucitado. Eso lo tengo más o menos claro. Lo que pasa es que, después de haber muerto, mis articulaciones aún están un poco atrofiadas. Necesito un poco de entrenamiento, quizás si me pusiera en ropa interior a bailar flamenco…