Otra historia de muertes y resurrecciones


Los astros ya predecían mi muerte y han fallado sólo por un par de días… Tendré que empezar a creer en su influjo. Morí astrológicamente el 19, aunque física y anímicamente el 22. La verdad es que no sé si estar contento o si estar triste, o todo lo contrario… No sé si la muerte me sienta bien. Y no sé si la quería o no, aunque supongo que había un poco de todo.

No sé si esconder mi cadáver para que nadie lo pueda encontrar o dejarlo en algún lugar más acogedor para que alguien pueda venir a ponerme girasoles que se marchiten en sólo unos minutos, tal es mi influjo.

No es la primera vez que muero de esta manera. Así que me imagino que o era un zombi o había resucitado. Total, el resultado es el mismo, así que para qué nos vamos a enfadar con la manera de jugar.

Y, ahora que pienso, hoy era la noche en la que debía liberar a mi ayalga y resulta que la Cuélebre que la custodiaba me ha vencido. Simbólicamente ni los astros se equivocan en eso. Malditas tradiciones.

Lo mejor de todo es que después de la muerte sólo me queda resucitar… de nuevo. Espero no acabar acostrumbándome a estos vaivenes necrológicos, que seguro que el cuerpo notará los excesos en un futuro.

Esta noche no me preocupa la resurrección, la verdad; ya llegará. Me preocupa la muerte. Me preocupan las maneras en que he venido la Muerte a visitarme -¡mira que llega a ser caprichosa a veces!- y me preocupa no saber qué va a pasar hasta que me decida a resucitar. Habrá que negociarlo.


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