De tópicos
Cuando era adolescente intentaba coger las rosas antes de que marchitaran. Los pétalos iban a caer y no me gustaba. Era un radical del carpe diem -más bien era disfrutar del día y no aprovecharlo- y actuaba como tal. El futuro no me importaba porque lo que contaba era el presente. Cumplir horarios se convirtió en un suplicio y el paso del tiempo en un calvario.
Más tarde, en el inicio del declive de mis células, las rosas se marchitaban y a mi me importaba un bledo; como si se pudrían. La belleza de la rosa era, precisamente, que perdía sus pétalos y moría. El futuro también me importaba bien poco, pero por otros motivos. Me daba igual que el mundo se acabara, que el Sol dejara de brillar o que mi corazón dijera que ya estaba cansado y que allí se quedaba. La apatía se apoderó de mi vida y el presente también me importaba más bien poco. Nada tenía sentido. Fue una época de ubi sunt? nihilista, un contemptu mundi radical.
Y ahora, en ocasiones pienso que me he hecho algo viejo, que me queda menos tiempo y que tengo ganas de ser y estar feliz. Me doy cuenta de que tengo que mirar por mi futuro, por mi estabilidad y felicidad. Ahora no pienso en lo bonita que es la rosa, sino en que dentro de poco se marchitará. Y no puedo hacer nada, me guste o no. Así que pienso en mostrar esa rosa, en ponerla en la mejor maceta, en el mejor vaso de agua, en el mejor cubo que tenga, en sentirme contento al mirarla, en disfrutarla mientras dure. Esto es ya un carpe diem “oficial”, sabiendo que el futuro está detrás de la puerta y sólo necesito abrirla para encontrármelo.
Tarde o temprano los pétalos acabarán ennegreciéndose, así que mejor que se marchiten en el locus amoenus elegido.
He vuelto a despertarme a las 5:00. Mi cuerpo aún “sufre” los excesos de las últimas semanas y parece que se ha acostumbrado a eso de dormir poco. Necesitaré algún tiempo para recuperarme de todo y del todo.