Decepción


La continua negación de lo obvio es el refugio de los irresponsables. Hay cosas que pueden negarse (la clásica chuleta que te pilla el profe) y hay Cosas (en mayúsculas) que no deberían negarse nunca. Malditas manías sociables de quedar siempre bien con la gente… Prefiero una verdad dolorosa que una maldita mentira. A simple vista, todo el mundo puede estar de acuerdo con esta afirmación, pero he vivido y sufrido en mis carnes la hipocresía de quienes la afirman. En ocasiones soy un borde por decir lo que pienso (afortunadamente, con el tiempo he aprendido a callarme muchas cosas) -precisamente este sábado estuve hablando de esto con una posibilidad de amigo- y en ocasiones la gente se me enfada. Sinceridad sí, pero hasta cierto punto.

Sé lo que puede llegar a doler una mentira, así que no acostumbro a mentir, aunque la misma verdad ya duela por sí misma. Y la sinceridad no es sólo una cosa que deseo. La sinceridad es una cosa que exijo. Es la norma número uno para que mi cabeza permita que la gente se acerque a mí. Y en eso soy bastante radical, como en otras cosas.

Si no hay ganas de contarme una maldita verdad, se me puede decir que no hay ganas de explicarla, o que no se quiere. Pero nunca, repito, nunca, acepto la afirmación de un sinsentido. No me sirven las excusas baratas ni las mentirijillas piadosas.


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