Simplemente una historia
Sucedía una noche de otoño, una noche en la que prácticamente todos los “normales” están en sus casas, con sus familias, probablemente durmiendo, y descansando un poco para volver a hacer exactamente lo mismo al día siguiente. Yo no acostumbraba a hacer cosas “normales” y me fui a tomar unas cervezas con el camarero del bar que frecuentaba. Me dijo que no tenía dinero. La verdadera intención para decirle que se viniera conmigo fue por el simple hecho de no estar solo. Eso valía una o diecisiete cervezas. Hablamos y hablamos mientras el reloj llegaba a las 3 y nos echaban del bar, como tiene que ser. Pero no fuimos a casa. Nos sentamos en una plaza y de una bolsa blanca que llevaba el camarero sacó una barra de pan, un tomate y una lata de atún.
Me dijo que se había peleado con su pareja y ésta lo había echado de casa, pero no sentía rencor. Se preparó la cena mientras estábamos sentados en el banco de la plaza casi vacía. Había un vagabundo por allí. Le llamó. Le dijo que se sentara con nosotros y repartió su bocadillo en tres partes iguales. Esa noche de otoño nos ofreció lo único que le quedaba. Del vagabundo sólo sé que había trabajado en los ferrocarriles de Euskadi y que, cuando se jubiló, cogió una pequeña mochila y se fue de allí. No lo había visto nunca. Del camarero, después de esa noche, ya no he sabido más de él. Ni a uno ni al otro los volví a ver. Hablamos.
Tres personas totalmente diferentes compartiendo un bocadillo de atún con tomate y un banco en una plaza desierta. Se respiraba una gran cordialidad. Cada uno con sus diferentes problemas pero que no entraron en los temas de conversación. Sólo nos interesaban las cosas buenas, aunque con pocas risas, y el clima de afecto.
Me vi obligado a que decirles que se vinieran a dormir a mi casa. Esa noche de otoño les ofrecí lo poco que me quedaba. Sólo puse una condición: sólo una noche. Uno durmió en el sofá, con una manta encima. El otro durmió en la cama, con sábanas limpias. También les ofrecí toallas por si querían ducharse. Antes de irnos a dormir, puse 150 euros encima de la mesa, los 150 euros que tenía. Les dije que si querían los podían coger pero que no tocaran nada más de la casa.
Al día siguiente, cuando me levanté, no quedaba en casa ninguno de los dos. Se habían marchado en silencio y yo no me había despertado. El de la cama había doblado la toalla y las sábanas. Supongo que fue un gesto de agradecimiento.
En la mesa quedaban 100 euros y una nota. El que eligió el sofá me agradecía la noche y escribía que sentía haber cogido 50 euros pero que quería comprar algo de comida. Prometió devolvérmelos. Fue curioso ver que quien cogió dinero fue la persona que conocía y no el vagabundo.
No he vuelto a verlos desde ese día, pero yo ya cumplí. La noche sucedió, durmieron, descansaron. cogieron parte del dinero, no tocaron nada de casa y no volvieron más. Ese había sido el trato, ese fue el pacto entre caballeros.
A muy poca gente les he explicado esta historia porque algunos a quienes se la he contado me han criticado mucho. La verdad es que nunca lo he entendido. A mi me enseñaron de pequeño, como a ellos, a ayudar a la gente pero, cuando lo hice realmente, me criticaron. Sigo sin entenderlo, pero sí sé que esas críticas me dolieron mucho. Yo pensaba que había hecho una cosa considerada como buena -de esas de ir al cielo- y lo que al parece hice, según ellos, fue una tremenda estupidez. A fecha de hoy, no sé todavía muy bien si hice algo bueno o algo malo.
Por lo menos me sentí feliz por haberles dado una oportunidad, aunque sólo fuera una. Todos necesitamos al menos esa oportunidad, pero es difícil encontrar a la persona que pueda dártela. En demasiadas ocasiones, un simple abrazo puede ser esa oportunidad.
De tres personas únicas siempre nacen cosas diferentes, y claro, a veces los prejuicios hacen que nos sorprendamos de las acciones ajenas y propias, pero más de las (in)esperadas. De todas formas, y a pesar de haber hecho un bien, a la gente le desagrada que uno vaya en contra de la tangente, en contra de lo convencional, aún si eso implica ayudar a un otro de distintas maneras. Porque la oportunidad puede cobrar distintas formas.