Archivo de Marzo de 2008
Rutinas
De nuevo a la maldita rutina. Una rutina demasiado dura, con poco sueño y totalmente insatisfactoria, aunque interesante. Realmente estoy durmiendo muy poco, demasido poco. Hace un par de semanas que tengo unos dolores de espalda demasiado dolorosos. No me queda mucho dinero. Me aburro sobremanera los fines de semana. Pero lo más duro, lo peor de todo es no poder hacer ciertas cosas que deseo porque no quiero hacerme daño ni hacer daño a los demás. Son muy duros los fines de semana, sobretodo si se me abren los ojos a las 8 de la mañana y me doy cuenta de que me he quedado dormido en el sofá. Me cansa vivir sólo de recuerdos.
Una procesión de Semana Santa

¿Y si acabas dándote cuenta de que tus peores pensamientos, los que rigen el resto del día y el resto de vida, carecen de fundamento y son irreales? ¿Es posible retomar unos nuevos pensamientos libres, empezando de cero, sin volver a los miedos y a las convicciones pasadas?
Esta semana santa marcará un antes y un después de lo que vendrá, aunque desconozco exactamente qué sucederá, salvo conjeturas. Necesitaba convencerme de que las posibilidades no desaparecen porque quiera compadecerme de mí. Las posibilidades desaparecen cuando cerramos la puerta con llave y no permitimos ni la entrada ni la salida a la esperanza.
Sé lo que me escribo, aunque me cueste entenderlo. El último peaje ha quedado atrás y ahora sólo queda un largo camino en una autovía libre, gratuita y sin muchas curvas para evitar mareos. Lo único, quizás, es el largo camino, el camino que hay que ir haciendo a cada segundo, a cada momento, continuamente. Sólo tengo que mover los pies, pelearme en la cocina y querer. Sólo eso.
Y tengo una dulce sensación de haberme vencido. De haber vencido lo indeseable, aunque deseable durante tan largo tiempo. El huevo de pascua se ha abierto y no han aparecido ni pollos ni ballenas… ha aparecido una posibilidad feliz de futuro.
Día de descanso
De nuevo el Eterno Retorno prosigue su ciclo y empieza una nueva temporada. Afortunadamente, el estanquero me dijo ayer que no esperaba que vieniera mucha gente esta Semana Santa. Lleva 20 años en el mismo sitio, así que debe saber de esas cosas. Por lo menos el verano pasado no se equivocó. Amén. Pero, al hacer mi obligado paseo de las tardes aburridas, he visto mucha gente y todos los locales y establecimientos abiertos -excepto el supermercado al que quería ir-. Incluso la policía y la grúa habían empezado a hacer su agosto.
Y yo con mis dudas. Por si no lo sabéis, he cambiado de trabajo pero, antes, debo superar un curso de formación. Empecé muy ilusionado pero es algo demasiado complejo, demasiado difícil, y san Google no me da las soluciones. Además, el curso lo hago en Barcelona, así que me paso 3 horas en un tren diariamente, además de dormir muy poco. Todo esto y otras cosas hacen que me plantee de nuevo volver al parque. Una compañera me dijo que para quienes habíamos trabajado allí, Port Aventura engancha. Y tiene toda la razón. El parque me ha dado muchas cosas, muchas y muy placenteras, pero para mí era bastante insostenible la situación del año pasado. Este nuevo año prometía. Incluso el jueves me llamaron los de CCOO para ser delegado sindical. Si me lo hubieran dicho 15 días antes no hubiera querido cambiar.
De todas formas, si acabo entrando de informático -que es la ocupación del posible nuevo trabajo- voy a ganar bastante más dinero. ¿Pero a cambio de qué? Mis esperanzas de futuro no están del todo claras y por lo menos en el parque me río, aunque me alejaría de esas malditas esperanzas. De todas formas, es normal la dubitación. No suelo mirar a más de dos semanas vista, así que es lógico dudar de lo que tendría que suceder dentro de un año.
De todas formas, sigo con el nuevo trabajo, estudiando y esforzándome en no dormirme a las 5:30 de la mañana. Y con muchas ganas de ver qué sucederá dentro de un año.
Simplemente una historia
Sucedía una noche de otoño, una noche en la que prácticamente todos los “normales” están en sus casas, con sus familias, probablemente durmiendo, y descansando un poco para volver a hacer exactamente lo mismo al día siguiente. Yo no acostumbraba a hacer cosas “normales” y me fui a tomar unas cervezas con el camarero del bar que frecuentaba. Me dijo que no tenía dinero. La verdadera intención para decirle que se viniera conmigo fue por el simple hecho de no estar solo. Eso valía una o diecisiete cervezas. Hablamos y hablamos mientras el reloj llegaba a las 3 y nos echaban del bar, como tiene que ser. Pero no fuimos a casa. Nos sentamos en una plaza y de una bolsa blanca que llevaba el camarero sacó una barra de pan, un tomate y una lata de atún.
Me dijo que se había peleado con su pareja y ésta lo había echado de casa, pero no sentía rencor. Se preparó la cena mientras estábamos sentados en el banco de la plaza casi vacía. Había un vagabundo por allí. Le llamó. Le dijo que se sentara con nosotros y repartió su bocadillo en tres partes iguales. Esa noche de otoño nos ofreció lo único que le quedaba. Del vagabundo sólo sé que había trabajado en los ferrocarriles de Euskadi y que, cuando se jubiló, cogió una pequeña mochila y se fue de allí. No lo había visto nunca. Del camarero, después de esa noche, ya no he sabido más de él. Ni a uno ni al otro los volví a ver. Hablamos.
Tres personas totalmente diferentes compartiendo un bocadillo de atún con tomate y un banco en una plaza desierta. Se respiraba una gran cordialidad. Cada uno con sus diferentes problemas pero que no entraron en los temas de conversación. Sólo nos interesaban las cosas buenas, aunque con pocas risas, y el clima de afecto.
Me vi obligado a que decirles que se vinieran a dormir a mi casa. Esa noche de otoño les ofrecí lo poco que me quedaba. Sólo puse una condición: sólo una noche. Uno durmió en el sofá, con una manta encima. El otro durmió en la cama, con sábanas limpias. También les ofrecí toallas por si querían ducharse. Antes de irnos a dormir, puse 150 euros encima de la mesa, los 150 euros que tenía. Les dije que si querían los podían coger pero que no tocaran nada más de la casa.
Al día siguiente, cuando me levanté, no quedaba en casa ninguno de los dos. Se habían marchado en silencio y yo no me había despertado. El de la cama había doblado la toalla y las sábanas. Supongo que fue un gesto de agradecimiento.
En la mesa quedaban 100 euros y una nota. El que eligió el sofá me agradecía la noche y escribía que sentía haber cogido 50 euros pero que quería comprar algo de comida. Prometió devolvérmelos. Fue curioso ver que quien cogió dinero fue la persona que conocía y no el vagabundo.
No he vuelto a verlos desde ese día, pero yo ya cumplí. La noche sucedió, durmieron, descansaron. cogieron parte del dinero, no tocaron nada de casa y no volvieron más. Ese había sido el trato, ese fue el pacto entre caballeros.
A muy poca gente les he explicado esta historia porque algunos a quienes se la he contado me han criticado mucho. La verdad es que nunca lo he entendido. A mi me enseñaron de pequeño, como a ellos, a ayudar a la gente pero, cuando lo hice realmente, me criticaron. Sigo sin entenderlo, pero sí sé que esas críticas me dolieron mucho. Yo pensaba que había hecho una cosa considerada como buena -de esas de ir al cielo- y lo que al parece hice, según ellos, fue una tremenda estupidez. A fecha de hoy, no sé todavía muy bien si hice algo bueno o algo malo.
Por lo menos me sentí feliz por haberles dado una oportunidad, aunque sólo fuera una. Todos necesitamos al menos esa oportunidad, pero es difícil encontrar a la persona que pueda dártela. En demasiadas ocasiones, un simple abrazo puede ser esa oportunidad.
–En ocasiones me siento tan solo…