Las hormonas se me van por bulerías
No me ha parecido observar ningún cambio remarcable de temperatura; el anticiclón sigue por ahí arriba haciendo sombra con su “A” bien grande y las borrascas supongo seguirán en las islas británicas y las olas de calor en el Sahara. Tampoco ha sido más fácil que en otras épocas eso de levantarse por las mañanas y sigo teniendo café en el armario, leche en la nevera y grumitos de dentífrico en el espejo. No he dejado de fumar y sigo estando mal de dinero.
Pese a la aparente anormalidad normal de mi vida, noto algunas cosillas raritas. Algo huele mal. No es que mis pies quieran presentarse antes que yo, ni que gane concursos de karaoke por el cante de los sobacos, es que, simplemente, tengo algunas sensaciones que pensaba extinguidas.
Y si no es el tiempo ni el dinero… deben ser las hormonas. Claro que como tampoco es primavera y el otoño más bien me deprime, digo yo que deben ser ellas, que van por libre. Por mucho que hable de ellas, nunca conoceré cómo actúan ni cómo se mueven, cómo se activan ni cómo se inhiben (uno que es de letras), pero sí sé que algo se mueve por ahí adentro.
Sería fantástico conseguir explicar las cosas de una manera científica y racional… pero entonces no existirían ni los artistas ni los poetas. Y sin artistas ni poetas… ¿quién querría a los científicos? Valor y al toro, Xavi -me digo a mí mismo, inconsciente aún de tal tremenda osadía.
Advertencia: Todo lo que sigue a continuación es solamente un intento de definir y delimitar esas sensaciones. No tiene por qué ser tomado al pie de la letra, ni tiene por qué ser entendido por todos. Tampoco acaba de ser entendido por el que suscribe, así que tampoco habrá que darle tanta importancia.
En un breve período de tiempo me han entrado ganas de hacer cosas, de viajar, de hacer de hippie, de ver atardeceres recostado en la arena de la playa -sin dormirse-, de beber una cerveza en alguna terraza de algún bar no con el ánimo alevósico de emborracharse sino con el de relajarse y disfrutarla. Me ha inundado una extraña sensación de esperanza, aunque sin saber qué es lo que espero. Son unas ganas de algo, algo que no sé muy bien qué es, ni cómo conseguirlo.
Es cierto que no es una nueva sensación. La gente que sale en la tele recuerda fechas, rostros, los treintaycuatro primeros decimales del número Pi… Yo recuerdo sensaciones. Y éstas ya las había tenido antes, hace algunos años. Eso es lo que más miedo me da: que las conozco y sé de qué van.
De momento, dejaré que mis hormonas hagan palmas, que de una buena sensación siempre se disfruta.