Gora San Fermín
Empiezan las fiestas por excelencia. Unos días de toros -sólo son una excusa- de kalimotxo y de buen rollo. Tuve el enorme placer de conocer esas fiestas y me dieron la impresión de ser la madre de todas las fiestas. Es cierto que por cuestiones fisiológicas mi memoria no acaba de descubrir dónde están algunos archivos referentes a esos días, pero sí recuerdo ciertas sensaciones.
Lo que no entiendo es que si bailas, bebes y haces un poco el idiota en San Fermín, la gente se apunta. Si lo haces en otro pueblo los que se apuntan es la policía. Cosas raras. Algunos critican que en San Fermín se fomenta el alcohol… lo corroboro. ¿Y qué?
Ahora me toca levantarme prontito para ver el encierro lejos de los borrachos, de ikurriñas, de euskal presoak y de los toros. Es una lástima no estar allí este año. La verdad es que me cuidaron muy bien, no permitiendo que mi vaso quedara vacío e indicándome dónde narices estaba el coche.
GORA SAN FERMÍN!
Nunca he entendido la relación entre Ernest Hemingway y San Fermín.
Se habla del novelista como un admirador de la “Fiesta”, cuando en realidad sus tendencias autodestructivas eran las que le empujaban a quedarse fascinado por la proximidad de la muerte.
Su reconocida tendencia alcohólica que le inducía a beber sin control -por ejemplo, más de dos litros de ron en una tarde, que luego combatiría a base de tabletas de vitamina B-; él nunca luchó de verdad contra su alcoholismo, posiblemente porque “beber es cosa de hombres”, como lo era cazar y ser un mujeriego, pero el alcohol enturbió su vida causándole numerosas depresiones, la última, la que le empujó al suicidio, al saberse enfermo de cáncer.
“Si no puedo existir a mi manera, entonces, la existencia es imposible”, le dijo en cierta ocasión a su esposa Mary Welsh, y evidentemente fue fiel a este pensamiento.
Tal vez su sueño hubiese sido haber muerto cogido por un toro.
Nunca lo sabremos.
Carlos Menéndez
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