Vida y satisfacción
En el lavabo pueden hacerse variedad de cosas pero una de las que más me satisface es la de pensar -aprovechando que ya estamos allí sentados- sobre mi vida, sobre la construcción de mi vida y sobre varios futuros potenciales. Hay sentimientos a los que le doy mucha importancia, como el deseo o el odio, y otros, como el amor, a los que no les presto demasiada atención. Probablemente se deba a que suelo amar, es algo bastante habitual. El deseo está en el top ten de mi lista simplemente porque siempre está ahí.
Pero el odio -esto ha sido la excusa para las ideas que darían luz a este post- también lo tengo en el punto de mira; y no porque odie, sino porque no lo hago. En mi vida sólo he odiado -y en parte aún lo hago- a una persona. Le culpo de todas las depresiones y las consecuencias -en parte aún perduran- que experimenté en primera persona.
Lo vi hace dos semanas.
Hacía años que había decidido no molestarme ni en levantar la ceja para saludarle, pero al verle, después de años de silencio y de mirar hacia otro lado, me vino a la boca un “deu” (no hace falta decir que el resto de mi rostro continuó impasible). Me respondió al saludo.
Y esta noche, en el lavabo, pensaba en su vida y en la mía. En relación a su vida, o a lo que creo que es su vida, valoraba la mía. Me río mucho en mi trabajo, sigo haciendo música, elijo a quién querer, vivo al lado del mar… ¿Qué más podría pedir? ¿Mas dinero, quizás? Es un tema del que siempre me quejo, porque no lo tengo. De lo demás no suelo quejarme, porque de eso sí tengo.
La edad me está afectando, aunque lo disimule a la perfección. Hago contínuas valoraciones de lo que he hecho y de lo que no, de lo que tengo y lo que no, de lo que querría y lo que no. Juzgo mi vida y aún no sé qué veredicto dictarme, quizás nunca lo sepa. Pero por lo menos, ahora mismo, estoy satisfecho no con mi vida sino con la sensación de estar viviendo.