Archivo de Abril de 2007
Jámonos a cogé jigos!

He estado estos días haciendo turismo por algunos pueblos sureños de España y he llegado a la conclusión de que los abueletes rurales que pueblan este país son una auténtica maravilla. Fundamentalmente he estado en un pueblo cacereño y mi objetivo era la de ser una especie de antropólogo que escucha y escucha -y come y come.Me he quedado gratamente sorprendido con la naturalidad con la que se viven todos los aspectos de la vida en los pueblos. Desde la muerte hasta el sexo, pasando por el cagar, la política y la religión.
Entre otras de mis actividades “antropológicas” ha sido la de ir a coger naranjas a la huerta. Reconozco que soy un ser urbano que se fija más en los bichitos que pueblan los campos que no en lo bonito que se ha puesto el naranjo; y, además, un auténtico neófito en los trabajos rurales, que no sabía hasta que me pinché -dolorosamente- varias veces que los naranjos tienen pinchos asesinos (así comprendí el porqué el abuelo se ponía guantes). Además, me sorprendió que el abuelo pusiera tanto empeño en cerrar la puerta del huerto a base de somieres y cuerdas… ¡Si se podía entrar dando un saltito en todo el recinto! Una visión un poco rarita de proteger la propiedad privada. Supongo que será lo mismo que cuando dijo que tenía varias naranjas recogidas y que las lleváramos a casa para que los que vinieran a robarlas, tuvieran que pincharse con el árbol en lugar de cogerlas fácilmente de los cubos. Si alguien quiere robar, al menos que le cueste.
El tema político lo introducí varias veces para comprobar si es cierto eso que se dice por ahí que los extremeños odian a los catalanes. También me sorprendió gratamente. Nos odian igual que nosostros a ellos… O sea, nada. Ven positivo que las gentes, da igual de donde sean, trabajen y se ganen el pan. Lo que no toleran son los políticos. En alguna ocasión pensé que los extremeños eran anarquistas… Supongo que les molesta que alguien se convierta en millonario sin trabajar, robando fundamentalmente, y parecía que a ellos les molestara más que al resto de los mortales. Por esa misma regla de tres no ven con buen ojo a los curas.
Frases como la de “¡Sólo faltaría ir a cagar cuando quisiéramos, cagamos cuando quiere el culo!” o “Desde que le operaron de la próstata, el abuelo ya no funciona” hicieron sentirme bien acogido.
Mi reconocimiento para los pueblos rurales y, en especial, para todos los abuelos que tenemos a nuestro lado. Podemos aprender mucho de ellos. Amén.
Vida y satisfacción
En el lavabo pueden hacerse variedad de cosas pero una de las que más me satisface es la de pensar -aprovechando que ya estamos allí sentados- sobre mi vida, sobre la construcción de mi vida y sobre varios futuros potenciales. Hay sentimientos a los que le doy mucha importancia, como el deseo o el odio, y otros, como el amor, a los que no les presto demasiada atención. Probablemente se deba a que suelo amar, es algo bastante habitual. El deseo está en el top ten de mi lista simplemente porque siempre está ahí.
Pero el odio -esto ha sido la excusa para las ideas que darían luz a este post- también lo tengo en el punto de mira; y no porque odie, sino porque no lo hago. En mi vida sólo he odiado -y en parte aún lo hago- a una persona. Le culpo de todas las depresiones y las consecuencias -en parte aún perduran- que experimenté en primera persona.
Lo vi hace dos semanas.
Hacía años que había decidido no molestarme ni en levantar la ceja para saludarle, pero al verle, después de años de silencio y de mirar hacia otro lado, me vino a la boca un “deu” (no hace falta decir que el resto de mi rostro continuó impasible). Me respondió al saludo.
Y esta noche, en el lavabo, pensaba en su vida y en la mía. En relación a su vida, o a lo que creo que es su vida, valoraba la mía. Me río mucho en mi trabajo, sigo haciendo música, elijo a quién querer, vivo al lado del mar… ¿Qué más podría pedir? ¿Mas dinero, quizás? Es un tema del que siempre me quejo, porque no lo tengo. De lo demás no suelo quejarme, porque de eso sí tengo.
La edad me está afectando, aunque lo disimule a la perfección. Hago contínuas valoraciones de lo que he hecho y de lo que no, de lo que tengo y lo que no, de lo que querría y lo que no. Juzgo mi vida y aún no sé qué veredicto dictarme, quizás nunca lo sepa. Pero por lo menos, ahora mismo, estoy satisfecho no con mi vida sino con la sensación de estar viviendo.
Nací en el Mediterráneo

En ocasiones, cuando me paro a pensarlo, me siento afortunado de vivir a orillas del Mediterráneo. Será que nací bajo un signo de agua o será que escuché algún día la canción de Serrat y se me quedó guardada en la memoria a largo plazo o… No sé.
Tampoco sé decir muy bien qué beneficios tiene el mar sobre mi persona. Voy contadísimas veces a la playa y únicamente por la noche -con alevosía y nocturnidad- a hacer baños nudistas; me molesta el Sol, me molesta la arena, me molestan los guiris y no tan guiris que colapsan la playa, y me molesta la frialdad del agua.
Sin embargo, necesito tenerlo cerca. Y ahora sí que lo tengo muy cerca. Será el sonido de las olas rompiendo, o el olor, o la humedad, o el clima; ¡qué se yo! Al regresar de algunos de mis viajes del interior de la península siempre resulta un regalo llegar a la Comunidad Valenciana, cuando las vías de tren se acercan al mar y sentir el olor el agua. Me resultaría difícil alejarme de mi paraíso.