Archivo de junio de 2006
Una esperanza en el infierno
Disimulo las cicatrices que dejan los latigazos en mi espalda. Disfrazo y maquillo lo que no deseo mostrar. Si bien existen personas que las han visto e incluso preguntan, inocentes, si duelen, el dolor mismo de las fustigaciones no podrán sentirlo nunca. Paradójicamente, yo no puedo verlas directamente, por estar en la espalda, pero las siento, las llevo siempre conmigo. Son mías. Es mi infierno particular.
Y en el espejo, verdadera mirilla del alma, consigo observarlas. Las repaso una por una y casi me sé de memoria el tamaño, color y grosor de cada una de esas cicatrices. Al tocarlas, me vienen recuerdos dolorosos de una persona, de una sensación, de un deseo, de una enorme estupidez… Y es entonces cuando duelen más y quiero dejar de tocarlas. A veces lo consigo.
Aún así, no tengo toda la espalda magullada. Todavía conservo suficiente espacio como para recibir más latigazos. Y también conservo igual espacio para no recibirlos más.
No sé qué sucederá mañana, pero tengo esperanza, la quintaesencia de la desilusión humana, fuente simultánea del mayor poder y de la mayor debilidad.
P.D.: Los ávidos se habrán dado cuenta de mi error.
Pasajeros
Todos somos pasajeros en un viaje que no tiene ni inicio ni final. No tenemos un destino claro aunque, al llegar, miramos hacia atrás y pensamos que el camino ha sido totalmente lineal. Y es que es demasiado fácil pensar en un camino que nos ha llevado hasta donde estamos; eso indicaría que existe un futuro preconcebido para todos nosotros y que cualquier intento de salirnos de ese camino resultaría imposible.
Simplemente somos viajeros en un tren que conducimos, al mismo tiempo que también nos relajamos mirando por la ventana. Cualquier cambio de vía lo vemos como una jugarreta del destino, al mismo tiempo que una decisión de la máquina. Es demasiado complicado pensar en que nosotros somos los últimos responsables de nuestro destino. Y los que optamos por un camino o por el otro, aún sin saber si existe el camino.
Sólo viajamos. Relajémonos, entonces, contemplando el paisaje.
Sueña conmigo
Como todos los niños, tengo un escondite secreto. Es donde escondo todo lo que no quiero que vean los demás; son mis secretos más ocultos, mis deseos más inconfesables, mis pasiones más perversas. En principio no entra nadie en mi caverna aunque, en ocasiones, invito a cierta gente a ver partes ínfimas de alguna habitación, de algún cuadro colgado o de estrellas en el techo. Sólo yo puedo tocar los objetos preciosos que guardo, sólo yo puedo cambiar la decoración, sólo yo, en definitiva, puedo vivir allí dentro.
Está construido a mi imagen y semejanza. Incluso tiene zonas a las que no puedo acceder, por ser muy estrecho el paso, aunque sé qué es lo que he guardado allí. Huele a incienso de opio y a café y, si saboreáramos las paredes, seguramente degustaríamos una mezlca de fresas con chocolate. No es el mejor de los mundos, tampoco lo pretende ser, ni la mejor de las cajas fuertes; tampoco ganará un premio en decoración. Pero es mi escondite secreto y, como tal, lo guardo y lo amo.
Anfitriones imperfectos
Yo creo en la libertad. Pero considero que aún no sabemos cuáles son sus límites. Dice Javier Corcobado que “La libertad es la cárcel más grande de todas las cárceles“. Tal vez sea eso. Lo que me aplico, de forma muy simplista, es que si A elige su libertad para hacer X, B puede elegir su libertad para hacer Z. Me resulta sorprendente definir la libertad como una fórmula matemática, pero vuelvo a reiterar esta simplicidad absurda.
Resúltase que si alguna persona toma una decisión libre e independiente lo hace por sí misma -espero- y no por influencias fuera de ella. Por la misma regla de tres, si esa primera decisión afecta a una segunda persona, ésta puede, sin embargo, tomar otra decisión, que puede no tener nada que ver con la opción de la primera persona. Y con esto pretendo decir que no tenemos porqué “tragarnos” la libertad ajena. Y es que pensamos que la libertad es algo universal, que sucede -o tendría que suceder- en todas las culturas y en cada grupo. Incluso pretendemos imponerla por la fuerza, con las armas… Y es que la libertad también tiene la opción de no quererla.
La liberad, como todo, no es universal. No existe en esencia -no existía antes de la aparición del ser humano. No es absoluta.
El sueño de los justos
Desde hace 3 ó 4 semanas estoy totalmente agotado. Tal vez el calor esté enfadado con mi cuerpo, tal vez haya bajado el nivel de glóbulos rojos de mi sangre azul, tal vez el trabajo comienza a notarse en las carnes, tal vez tengo una infección oculta bajo mis encías, o puede que solamente sea una gripe rara y pasajera… O todo junto.
Pero lo estoy dejando todo apartado. Sólo pienso en el momento en el que me recupere, cuando todo vuelva a su cauce y pueda proseguir con mis actividades cotidianas. De momento me duermo con dolores y me levanto con más dolores todavía, cojeando y con excesivas ganas de fumar. Éste último también era un proyecto que tenía en mente y más aún en los últimos 3 días: dejar de una vez por todas de fumar. Pero no me siento con ganas, no estoy lo suficientemente confiado ni optimista. Así se hace más difícil.
Dormiremos hasta que mi cuerpo y mi mente estén lo suficientemente aceptables para llevar una vida más o menos decente.