Hacerse mayor…
En la grave tormenta que asola la orilla de mi corazón desde hace tiempo, hoy ha llegado una buena noticia. No estaba dirigida a mí, pero me he alegrado de verdad.
Y también me ha dado que pensar.
¿Qué es lo que quiero?
Llevo bastantes días con esa pregunta. Me he visto obligado a tomar ciertas decisiones que creo no están ayudando y debo tomar algunas decisiones más. Son necesarios ciertos cambios, importantes, vitales.
Pero cambiar por completo una forma de vida es demasiado dificultoso. No sé ni por dónde empezar, aunque tengo bastante claro el qué. Voy a necesitar ayuda de mi salvadora. Tengo demasiado miedo a aceptar que llevo demasiados años equivocado.
Y le temo más aún al futuro.
Pero quizás algún día es necesario hacerse mayor…
… y espero pronto poder comprender qué significa hacerse mayor.
Responsabilidad
Desearía tanto tener la capacidad de eliminar algún día del pasado… Lo tenía prácticamente todo y, por un enorme error, una gran estupidez, lo he perdido. No me vale culpar a factores externos. Sólo yo he sido responsable de lo que he hecho y sólo yo tengo que pagar ese gran error. Aunque necesarias, las disculpas ya no valen para nada. Sólo sirve una cosa: la responsabilidad.
Y debo ser responsable y pagar lo que yo mismo he provocado. Hundirse en la culpabilidad y en la autocompasión no es un gran aliado, pero ahora mismo no me queda mucho más.
Desearía tanto dejar de tener miedo…
De viaje
Sólo unas pequeñas palabras para comunicar que estoy en el país del Jorobado y que iré a ver al maldito a Montparnasse…
… y que creo seguir vivo, supongo.
Niebla
A excepción de unos minutos en la tarde de ayer, una extensa niebla abraza con fuerza todas esas cosas humanas que fabricamos. Hace días que está presente y de momento no parece que vaya a rendirse. No sé cuándo voy a poder ver el cielo y a Apolo, o a mi querida Artemisa. Porque la niebla no sólo aparece de día y es de noche cuando adquiere un extraño color rosado.
Se ciñe con fuerza como si no quisiera perder los pantalones y hace que no pueda ver el horizonte. En el fondo, es ese horizonte el que nos señala de alguna manera la libertad, el camino a seguir para conseguir nuestras metas.
Así que cancelo mis metas, mi futuro, mi libertad. Perder, aunque momentáneamente, todo eso hace que me sienta un poco desorientado, aunque con la esperanza de que algún día, no demasiado lejano, vuelva a salir el sol.
Cabalgar
Unos débiles toques de prima se escuchaban en la lejanía. El caballero iniciaba el regreso a casa pero, como acostumbra a suceder en estos casos, después de las 24 lunas y de las vastas zonas de terreno recorridas, el lujoso castillo y la gran cantidad de terreno dedicado principalmente a la caza y al cultivo, ya no existían.
Tan absorto en la consecución positiva de su misión se había olvidado de sus posesiones. A su regreso, no le quedaban pertenencias, no tenía fieles sirvientes ni abnegados campesinos. Lo había perdido todo. Su lujoso castillo a orillas del Mediterráneo yacía en ruinas, sólo piedras amontonadas. Ni torreones, ni atalayas, ni nada.
Nada. Sólo un padre enfermo yacía en un viejo lecho.
La necesidad de habitar en una nueva morada y de continuar con su propia búsqueda de la felicidad hizo que el caballero iniciara un nuevo lance. Deben existir muchos dragones malvados a los que matar y princesas cautivas a las que liberar.
Y empujado por las leyendas populares ensilló su caballo y se dirigió más allá de Locronan y de la bahía de Trépassés, donde el barquero viene a llevarse a los muertos. Atravesó Carnac y llegó, finalmente, a Lutecia.
Allí conoció la leyenda de otra princesa cautiva a la que liberar y se dispuso a la nueva aventura.
Pero esa…
… esa es otra nueva historia.
Opciones
Lejos de mi ex-hogar. Sin tener demasiado claro qué hacer ni qué deshacer. Escuchaba música, ese tipo de música que fabrica pasados mejores y que obliga a cerrar los ojos y pensar.
¿Y ahora qué?
Abatido…
Todo sería más sencillo si tuviera detrás una fusta que me obligara a andar más rápido, más lento, hacia la derecha o hacia la izquierda. Incluso pararme. Quizás todo es más fácil cuando somos unos simples autómatas haciendo lo de siempre. El problema es que no quiero ver ese látigo que me azota y deseo creer que soy libre.
Quizás aprendí a convivir con el arte del azote y en ocasiones no soy consciente de su existencia.
Pero no se trata de tomar una decisión. Como siempre, ya está tomada.
Por lo menos sé que “todo va a salir bien”. Afortunadamente, hoy me creo esa simple frase. Y lucho para no volver a caer en los mismos errores. Hay un pequeño brillo esperanzador de felicidad y salvación.
(Imagen: Portada de El arte del azote, del genial Milo Manara).
Fin de ciclo
Tantos recuerdos, tantos objetos inútiles que me llevan a un pasado estable y feliz, tantas cosas han visto estas paredes, tanta estabilidad, tanto amor, tanta pasión, tanta depresión…
Y se acaba todo este ciclo. Me rindo. No puedo hacer nada más. Sólo regresar después de un largo –y vivido- viaje de 11 años. Dejaré atrás la tranquilidad y mi querido Mediterráneo.
Muerte…
… y resurrección.
Reconozco que es difícil pensar en las cosas buenas. Pero las hay. No sólo finaliza un ciclo; comienza también otro en otro lugar, aunque no sepa exactamente dónde. Comienzo esta nueva etapa. Tengo ganas de saber qué me depara el destino, aunque nunca podré olvidarme de mi pasado. Os llevo conmigo a todos y a todas quienes habéis compartido un trocito de vida en el pequeño apartamento del Mediterráneo.
Por lo menos podré decir, algún día, que viví al lado del mar.
Regreso al pasado
Hace dos años tomé ciertas decisiones. Nadie me obligaba a hacerlo, pero me vi en el deseo y en la necesidad de tomarlas. Dos años después, aún no me he recuperado. Las cosas han ido cada vez peor y, aunque en momentos de crisis siempre he tomado la decisión de largarme, esta vez no puedo hacerlo. Y ahora no es que tenga que tomar una decisión, ya la he tomado porque no tengo más narices, simplemente tengo que comprenderla.
Me da mucho miedo. La situación es ya insostenible, y me estoy acercando demasiado a un pasado muy doloroso, a un pasado sin presente ni futuro. Y voy a perder todo lo que tengo, que no es nada, pero que me gusta.
Necesito ayuda, aunque no la pida ni tenga intención de hacerlo –y que seguramente rechazaría. De todas formas no entiendo cómo sigo pensando en que alguien puede llegar a ser capaz de ayudarme. Supongo que son cosas de la maldita esperanza.
Sólo sé que en los últimos días y en los días venideros estoy más cerca de la bañera que de la resignación.
Satisfacción
Algo extraviado ha regresado a mis desnudas manos. Algo que no esperaba ha subido por mis brazos, por mi pecho, por mis hombros, por mi cuello. Se ha parado en mis labios, y a mis oídos ha susurrado muy bellas palabras. Palabras de agrado, de recompensa y gozo. Mi cuerpo se ha estremecido de placer, y he tenido la necesidad de estirar los miembros para no agarrotarlos, sintiendo en cada milímetro de piel el contacto con la satisfacción.
El tiempo es aciago, pero la visita de Afrodita, en las noches lluviosas de verano, crea un baile dionisíaco y orgiástico de sensaciones, olores y placer, que desemboca en una parada técnica del reloj. Durante unos minutos, las manecillas no prosiguen con su mareante obligación. Durante unos largos minutos, el tiempo se detiene para contemplar la belleza.
Durante esos eternos minutos nada más tiene importancia.
… y ya han pasado dos años…